Las propiedades de lo natural 4ª Parte
5. Interpretaciones acerca de las cualidades
Las discusiones acerca de las propiedades de lo natural se han centrado, a lo largo de la historia, en torno a las cualidades. En efecto, la realidad de lo cuantitativo no suele ponerse en duda y, en cambio, siempre han existido interpretaciones que pretenden reducir las cualidades a lo cuantitativo; esa pretensión se acentuó cuando se consolidó la ciencia experimental moderna, que utiliza como instrumento las matemáticas y se centra directamente en las dimensiones cuantitativas.
En nuestra exposición hemos aludido a la interpretación aristotélica, a la crítica mecanicista y empirista a las cualidades, y al apoyo que la ciencia actual proporciona a la realidad de las cualidades. Examinaremos ahora con mayor detalle estas interpretaciones.
5. 1. Cantidad y cualidad en Aristóteles
La cantidad y la cualidad se encuentran entre las diez categorías que Aristóteles considera como básicas para hablar acerca de la realidad: "Cada una de las cosas que se dicen fuera de toda combinación, o bien significa una entidad, o bien un cuanto, o un cual, o un respecto a algo, o un donde, o un cuando, o un hallarse situado, o un estar, o un hacer, o un padecer. Es entidad -para decirlo con un ejemplo-: hombre, caballo; es cuanto: de dos codos, de tres codos; es cual: blanco, letrado; es respecto a algo: doble, mitad, mayor; es donde: en el Liceo, en la plaza del mercado; es cuando: ayer, el año pasado; es hallarse situado: yace, está sentado; es estar: va calzado, va armado; es hacer: cortar, quemar; es padecer: ser cortado, ser quemado"[1].
Al estudiar el significado de la cantidad[2], Aristóteles afirma que lo cuantitativo es lo divisible en partes integrantes. Es discreto si es divisible en partes discontinuas; si es finito, se llama número y en este caso se habla de cantidad numérica. Es continuo si es divisible en partes continuas; en este caso se habla de cantidad dimensiva, porque se refiere a la extensión de los cuerpos. La cantidad discreta da origen al número, y la cantidad continua a la línea, la superficie, el volumen, el tiempo, el lugar: se trata de la magnitud, que en una dimensión es la longitud (línea), en dos dimensiones es la latitud (superficie), y en tres dimensiones es la profundidad (cuerpo). En lo discreto, las partes están separadas y no coinciden en ningún límite común. En lo continuo, las partes coinciden en un límite común: las partes de la línea coinciden en un punto, las de la superficie en una línea, el tiempo presente coincide con el pretérito y el futuro, las partes del cuerpo que coinciden en un límite común ocupan un cierto lugar.
Lo cuantitativo puede serlo por sí o accidentalmente. Algo es cuantitativo por sí, cuando la cantidad le afecta directamente en su propio ser (por ejemplo, la línea). De las cosas que son cuantas por sí, unas lo son según la substancia, y otras son afecciones y hábitos de la substancia (lo largo y lo corto, lo pesado y lo ligero, etc.). En cambio, algo es cuantitativo accidentalmente si lo es no por sí. De las cosas que se dicen cuantas accidentalmente, unas se dicen cuantas por ser algo cuantitativo aquello en lo que están, como por ejemplo, lo músico porque afecta a entes cuantos, y lo blanco porque se da en una superficie; y otras por ser cuantitativas aquellas cosas de las que algo es una afección, como el movimiento es cuanto porque lo es el espacio recorrido, y el tiempo es cuanto porque lo es el movimiento.
Hay cosas que constan de partes componentes que mantienen una posición mutua, y otras que no. Mantienen una posición mutua las partes de la línea, del plano, del espacio y del lugar. No sucede esto en el número ni en el tiempo, pues sus partes no permanecen y, por tanto, no mantienen una posición; en cambio, mantienen cierto orden.
Por otra parte, lo cuantitativo no tiene contrario, a no ser que se diga que lo mucho es contrario de lo poco, o lo grande de lo pequeño; pero ninguna de estas cosas es cuanto, sino relación: sólo se dicen respecto a otra cosa, y una misma cosa es grande y pequeña respecto a otras dos diferentes. Donde más parece darse la contrariedad de lo cuanto es en el lugar, por ejemplo, en el arriba y abajo, en la distancia entre el centro y los límites del mundo (debe advertirse que esta última consideración se encuadra en la cosmovisión antigua). Lo cuantitativo no admite el más y el menos, en el sentido de que, por ejemplo, una cosa no es más de dos codos que otra; por eso, lo más propio de lo cuantitativo es que se lo llame igual o desigual, como se ve en el cuerpo, el número, y el tiempo. En cambio, lo que no es cuantitativo se llama semejante o desemejante.
Al estudiar el significado de la cualidad[3], Aristóteles la designa con un nombre derivado del pronombre poiós , que significa de tal o cual clase. La cualidad es aquello según lo cual los entes se llaman tales o cuales. Parece afirmar que lo cualitativo es lo que se da en la substancia además de lo cuantitativo.
Aristóteles afirma que en la cualidad se da contrariedad, como por ejemplo se da entra justicia e injusticia, o blanco y negro; pero añade que esto no sucede en todos los casos, pues, por ejemplo, no sucede si se considera el rojo intenso y el rojo pálido. Lo cualitativo admite el más y el menos, pero no siempre, sino en la mayoría de los casos; es dudoso que se esto se dé, por ejemplo, en la justicia, y no se da en las figuras geométricas. Lo exclusivo de la cualidad es que, lo semejante y lo desemejante se dicen sólo de las cualidades. Por otra parte, muchas cosas que se dicen cuales, incluyen el respecto a algo, o sea, la relación: esto resulta lógico, y nada impide que algo se cuente en ambos géneros.
El modo primero y más propio como se dice la cualidad es la diferencia de la substancia; por ejemplo, bípedo y cuadrúpedo respecto a hombre y caballo. Esto se refiere a lo que suele denominarse la diferencia específica.
Aristóteles distingue cuatro especies de cualidades (advirtiendo que quizá pueda aparecer algún otro tipo, pero que éstos son los que se llaman así con mayor propiedad): el estado y la disposición; la capacidad y la incapacidad; las cualidades efectivas y las afecciones; la figura y la forma.
Las cualidades de la primera especie son el estado (o hábito ) y la disposición, que difieren por ser más o menos estables. Son estados los conocimientos y las virtudes. Son disposiciones el calor, el enfriamiento, la enfermedad, la salud. Los estados son también disposiciones, mientras que las disposiciones no son necesariamente estados. Aristóteles habla de «hallarse en una disposición» y «poseer un cierto estado».
Las cualidades de la segunda especie son la capacidad y la incapacidad naturales (o potencia e impotencia). Son las cualidades por las que llamamos a algunos pugilistas, corredores, sanos, enfermos, y también hablamos así de lo duro y lo blando. Consisten en tener capacidad natural para hacer algo con facilidad o para no padecer nada.
Las cualidades de la tercera especie son las cualidades efectivas (patibilis qualitas) y las afecciones (passiones): la dulzura, la amargura, la acritud, el calor y el frío, la blancura y la negrura, la ligereza y la pesantez. Se trata de las afecciones de las cosas que se mueven en cuanto que se mueven, según las cuales se dice que se alteran las cosas que cambian. Las cosas que las poseen se llaman cuales por sí mismas: dulce, blanco. Algunas se llaman cualidades afectivas porque producen una afección en los sentidos, y otras porque se originan a partir de una afección; las que se originan a partir de cosas que se descomponen fácilmente y se retiran con rapidez, se llaman afecciones, pues nada es llamado tal o cual en virtud de estas cosas, sino que se dice que ha sido afectado en algo.
Las cualidades de la cuarta especie son la figura y la forma: triangular, recto, curvo. Probablemente no caben aquí lo raro y lo denso, lo rugoso y lo liso, que parecen indicar más bien una posición de las partes.
Para Aristóteles, la naturaleza tiene características cuantitativas y cualitativas, y ambas son reales. Lo cuantitativo es la primera determinación de lo material, y lo cualitativo determina a los entes a través de la cantidad; por ejemplo, la blancura afecta a la superficie de un cuerpo. Lo cuantitativo posee una cierta primacía, porque los demás accidentes afectan a la substancia a través de la cantidad. Sin embargo, lo cualitativo es real, pues expresa los modos de ser de los entes.
Esta perspectiva se situaba en continuidad con el realismo del conocimiento ordinario. Además, determinaba el modo de estudiar la naturaleza: en el contexto aristotélico, se adjudicaba la primacía a lo cualitativo, y el estudio matemático de la naturaleza no llegó a ocupar un lugar demasiado importante.
5.2. Las cualidades ante el mecanicismo y el empirismo
La objetividad de lo cualitativo se puso en tela de juicio ya antes de Aristóteles. El atomismo afirmaba que la naturaleza está completamente determinada por propiedades cuantitativas tales como la extensión, la figura y el movimiento local; lo cualitativo sólo respondería a los efectos que la materia causa en los órganos de los sentidos, y pertenecería al ámbito de las impresiones subjetivas. También en la antigüedad, los pitagóricos, y de algún modo Platón, consideraron a lo cuantitativo como constitutivo básico de la naturaleza, de tal manera que el estudio matemático sería indispensable para conseguir una comprensión adecuada de lo natural.
Cuando, en el siglo XVII, cristalizó el nacimiento de la ciencia moderna, pasó a primer plano el problema de la objetividad de las cualidades sensibles. La nueva ciencia iba acompañada por una perspectiva mecanicista, que se presentaba como la nueva filosofía natural, en polémica con la antigua física cualitativa. Las explicaciones mecanicistas se basaban en lo cuantitativo, y las cualidades eran consideradas como impresiones subjetivas carentes de objetividad. Descartes redujo la substancia material a extensión, porque la extensión era, según él, la idea «clara y distinta» que podemos tener acerca de la substancia material: las cualidades, en cambio, son efectos que se producen en el sujeto cognoscente y no poseen la objetividad propia de lo cuantitativo, que además puede estudiarse utilizando las matemáticas. El triunfo de la nueva ciencia fue interpretado también como triunfo de la perspectiva mecanicista y cuantitativa, que vino a ser la filosofía natural generalmente aceptada hasta finales del siglo XIX, al menos en los ambientes más relacionados con la ciencia.
En esa perspectiva, se negó la realidad de lo que se denominaron cualidades secundarias (los «sensibles propios», objeto de los sentidos externos: color, sonido, etc.), afirmando que sólo son reales las cualidades primarias (las relacionadas con la cantidad: magnitud, figura, movimiento). Las cualidades secundarias sólo serían impresiones subjetivas causadas por las cualidades primarias en sujetos dotados de un determinado aparato perceptivo. Se rechazaron las formas aristotélicas como inútiles y falsificadoras; eran consideradas como cualidades ocultas: serían sólo una etiqueta que, sin explicar nada, se presentaba como explicativa, induciendo por tanto al error y frenando el progreso científico.
Por ejemplo, Galileo negó la realidad objetiva de las cualidades sensibles, porque varían en los distintos sujetos, porque no son necesarias para el estudio matemático de la naturaleza, y porque podemos concebir la sustancia corpórea sin cualidades, pero no sin figura y movimiento[4]. Para Descartes, la sustancia corpórea se reduce a extensión, todo cambio se reduce a movimiento local, y sólo son propiedades reales de los cuerpos las figuras y los movimientos locales, que pueden ser objeto de tratamiento matemático[5].
El empirismo de aquella época afirmaba la misma doctrina. Por ejemplo, Locke escribió: "las ideas de las cualidades primarias de los cuerpos son semejanzas de estas cualidades, y realmente existen sus modelos en los cuerpos mismos; pero en nada se asemejan las ideas que en nosotros producen las cualidades secundarias. No hay nada que exista en los cuerpos mismos que se parezca a esas ideas nuestras. Sólo existe un poder para producir en nosotros esas sensaciones en los cuerpos a los que denominamos conforme a esas ideas; y lo que es dulce, azul o caliente según una idea, no es, en los cuerpos así denominados, sino cierto volumen, forma y movimiento de las partes insensibles de los mismos cuerpos"[6].
Incluso la filosofía trascendental de Kant se sitúa en la misma línea. Kant afirmó que existen formas a priori para el espacio y el tiempo, pero no pensó que fuera necesaria la existencia de formas referentes a las cualidades secundarias. Sólo el espacio se refiere a algo externo, y de su intuición pueden obtenerse proposiciones sintéticas a priori; en cambio, las sensaciones de colores, sonidos, calor, son simples sensaciones, no son intuiciones, y no dan a conocer ningún objeto, al menos a priori.
En la época posterior, aunque se han propuesto diferentes interpretaciones, con frecuencia se ha continuado negando la realidad de las cualidades y se ha pretendido apoyar esta negación en los progresos de la ciencia matemática de la naturaleza.
5.3. Las cualidades y el realismo científico
Si las cualidades son propiedades reales, y si admitimos que la ciencia experimental proporciona un conocimiento auténtico de la realidad, deberían encontrarse en las ciencias conceptos relacionados con las cualidades.
La adscripción de cualidades a las entidades que estudia la ciencia no presenta problemas especiales cuando se estudian aspectos accesibles a la observación, tal como sucede, por ejemplo, en muchos fenómenos biológicos. En cambio, cuando se estudian aspectos inobservables, corno sucede en la microfísica, los problemas son mayores, porque debemos recurrir a modelos matemáticos que no son una fotografía de la realidad. Sin embargo, también entonces se consiguen conocer virtualidades, capacidades, disposiciones y tendencias que las entidades poseen en virtud de su naturaleza propia. Sin duda, en algunos casos resulta difícil llegar a conclusiones ciertas acerca del estatuto ontológico de las entidades y de sus propiedades; pero esto se debe a las limitaciones de nuestro conocimiento. Si no se admitiera que la naturaleza está constituida por entidades que tienen una naturaleza y unas cualidades propias, la investigación científica carecería de sentido, y lo mismo sucedería con los enunciados científicos. Esto es compatible con el carácter abstracto de muchas formulaciones científicas y con la existencia de dificultades para determinar su alcance ontológico concreto.
Una de las manifestaciones de las cualidades en el ámbito científico se encuentra en los términos disposicionales, que indican tendencias a actuar de modos determinados en ciertas circunstancias. Se ha discutido acerca de la realidad de esos términos; en ocasiones se argumenta que no son necesarios y no desempeñan ninguna función esencial en la ciencia: podrían ser sustituidos por términos puramente operacionales. Sin embargo, de hecho, la actividad científica no funciona de ese modo, y es frecuente la utilización de un vocabulario disposicional, que equivale a atribuir cualidades a las entidades científicas. En la ciencia experimental se recurre con frecuencia a propiedades disposicionales; basta pensar en propiedades tales como la resistencia eléctrica, la susceptibilidad eléctrica, la densidad, la solubilidad, la afinidad química y muchas otras: se trata de auténticas magnitudes científicas que se refieren a cualidades, porque expresan virtualidades, capacidades, disposiciones y tendencias.
Nos referiremos ahora a algunas interpretaciones de la epistemología actual acerca de los conceptos relacionados con las capacidades y las tendencias.
Por ejemplo, Q. Gibson ha estudiado la función explicativa de los enunciados que expresan tendencias[7]. Afirma que esos enunciados no son contrastables y concluye que carecen de valor: si las tendencias se dirigen hacia algo que no existe, esto sólo tendría sentido en el ámbito de la intencionalidad humana, a menos que se admita una especie de pan-psiquismo. Gibson afirma que los enunciados acerca de tendencias se prestan a abusos metafísicos y al antropomorfismo, y pretende evitar tales inconvenientes. El ejemplo favorito de Gibson es el de las situaciones en las que no existen efectos detestables y que, de acuerdo con los defensores de las tendencias, se explicarían mediante el equilibrio de tendencias reales; es el caso, por ejemplo, de dos equipos que tiran en direcciones opuestas de una misma cuerda, de tal modo que la cuerda no se desplaza: si se recurre a tendencias, se afirmará que existen tendencias que actúan pero se equilibran. Incidentalmente, Gibson afirma que, en ese caso, no sucede nada, si se exceptúa, por supuesto, que la cuerda se estira y otras cosas por el estilo. Esta observación es importante. En efecto, equivale a admitir que, de hecho, las tendencias producen resultados, aunque podamos prescindir de ellos bajo ciertas perspectivas. Pero, entonces, se admite implícitamente que existen tendencias reales.
La existencia de tendencias reales parece innegable. Se trata de un supuesto básico de las ciencias. En el nivel científico, el problema se refiere a la posibilidad de construir conceptos que permitan representar las tendencias y tengan capacidad explicativa.
Quienes defienden la existencia de tendencias, resumen el problema en los siguientes términos. En la naturaleza existen diferentes tendencias o potencias activas que responden a la naturaleza de las cosas. Actúan de modo combinado y, para detectarlas, hay que recurrir a experimentos en los cuales se aíslan los efectos de las tendencias particulares. La naturaleza es un sistema abierto en el cual interfieren las diferentes tendencias, y para conocerlas hay que provocar la existencia de sistemas cerrados, en los cuales sólo intervienen factores que podemos controlar. En los sistemas cerrados, o sea, en los experimentos en los cuales se eliminan las interferencias no deseadas, se pueden obtener leyes naturales que expresan secuencias constantes; una vez que disponemos de esas leyes, podemos proceder a explicar lo que sucede en los sistemas abiertos del mundo
real en términos de las leyes que expresan tendencias. Este tipo de argumentación es defendida, por ejemplo, por Roy Bhaskar y Rom Harré[8].
Según Harré, una tendencia es una potencia que se encuentra como en suspenso, en camino de ser ejercitada o manifestada[9]. Harré afirma que ese concepto desempeña una función central en la reflexión filosófica acerca de la ciencia: "Intento mostrar que el concepto de potencia (power) puede desempeñar una función central en una teoría metafísica conforme con una filosofía realista de la ciencia....; mostraré que las potencias no sólo son indispensables en la epistemología de la ciencia, sino que son el auténtico corazón y la clave de la mejor metafísica para la ciencia. Al hacerlo, mostraré que el concepto de potencia no es mágico ni oculto, sino tan empírico como podamos desear, e incluso más rico en capacidad que los conceptos a los que sucede.....; debemos disponer del concepto de potencia para que la ciencia tenga sentido"[10].
En los análisis de Harré, el concepto de potencia (power) expresa potencia activa, poder, fuerza, energía, y se encuentra relacionado con los conceptos de disposición (disposition), propensión (propensity), dirección (trend), tendencia (tendency) y potencia pasiva o capacidad de intervenir en acciones provocadas por las potencias activas (liability). Todos ellos expresan aspectos relativos a capacidades y direccionalidad.
Según Harré, la afirmación de una potencia no es una aserción categórica acerca de la presencia de una cualidad, sino un enunciado condicional o hipotético genérico, ya que no especifica a qué tipo de cuestiones concretas se aplica, acompañado por condicionales subjuntivos que se refieren a casos en los que no se ha manifestado y que tienen la forma: "si se sometiera a tales condiciones, entonces sucedería tal efecto". Harré afirma que las entidades tienen potencias, incluso si no las ejercitan. La diferencia entes lo que tiene una potencia para comportarse de un determinado modo y lo que no la tiene, no se refiere a su actuación, ya que puede suceder que esa potencia nunca se ejerza; la diferencia se refiere a lo que las entidades son: es una diferencia en su naturaleza intrínseca.
En este contexto, las potencias corresponden al concepto clásico de potencia activa, y el concepto opuesto (liability), al de potencia pasiva. Harré señala que esos dos conceptos son los extremos de todo un espectro, en el que existen diferentes grados de «responsabilidad» respecto a los comportamientos particulares, en los que intervienen las condiciones intrínsecas y las circunstancias externas.
Harré advierte que, según el realismo, existe una necesidad natural, y lo que sucede responde al modo de ser de las entidades; en cambio, el empirismo sólo considera legítimo afirmar la existencia de concomitancias entre los eventos, negando la posibilidad de conocer conexiones causases reales que respondan a la naturaleza de las cosas. Pero las dos perspectivas conducen a dos tipos diferentes de investigación científica: la empirista buscará nuevos casos de concomitancias, y la realista buscará conocer mejor las causas y sus efectos; pero la investigación científica se lleva a cabo de acuerdo con la perspectiva realista.
Las conclusiones de Harré coinciden básicamente con la línea de Bhaskar. Ambos defienden un realismo según el cual, para dar cuenta de la inteligibilidad en la ciencia, es necesario admitir que el orden que se descubre en la naturaleza existe independientemente de la actividad humana. Ese orden consiste en la estructura y constitución de las entidades, y en las leyes causales . Para dar razón de la ciencia se requiere una ontología que proporcione una respuesta esquemática a la cuestión: cómo debe ser el mundo para que la ciencia sea posible[11].
Bhaskar y Harré subrayan con claridad que la ontología coherente con los conocimientos científicos actuales incluye, como ingrediente fundamental, la existencia de relaciones causases que se fundamentan en disposiciones, tendencias y capacidades; que estas características corresponden al modo de ser propio de las entidades; y que es necesario admitir ese orden natural para dar razón de la ciencia[12].
Las construcciones científicas no pueden identificarse sin más con las características reales de la naturaleza. Sin embargo, los supuestos básicos de la ciencia experimental incluyen la existencia de entidades naturales que poseen un modo de ser propio, que se manifiesta a través de disposiciones que tienen un carácter tendencias; y el progreso científico justifica esos supuestos y amplía su alcance. De hecho, la cosmovisión científica actual proporciona una base amplia para los conceptos de virtualidades, capacidades, disposiciones y tendencias, que reflejan las dimensiones cualitativas de la naturaleza.
[1] Aristóteles, Categorías , 4, 1b 25 - 2a 4.
[2] Cfr. Aristóteles, Categorías , 6, 4 b 20 - 6 a 35; Metafísica, V, 13, 1020 a 7-32.
[3] Cfr. Aristóteles, Categorías , 8, 8 b 25 - 11 a 38; Metafísica , V, 14, 1020 a 33 - 1020 b 25.
[4] Cfr. Galileo Galilei, Il saggiatore, en: Opere, ed. Barbera, Firenze 1899-1909, volumen VI, pp. 347-348.
[5]Cfr. R. Descartes, Principia Philosophiae, II, 64 (en: Oeuvres de Descartes, publiées par C. Adam & P. Tannery, Vrin, Paris 1964, vol. VIII-1.) Las mismas ideas están expuestas en sus Meditationes de prima philosophia, med. 3, 6, y sextae responsiones (en: lbid.,)
[6] J. Locke, An Essay Concerning Human Understanding, libro II, capítulo VIII, n. 15. El texto castellano está tomado de: J. Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, Editora Nacional, Madrid 1980, vol. 1, pp. 209-210.
[7] Cfr. Q. Gibson, «Tendencies», Philosophy of Science, 50 (1983), pp. 296-308.
[8]Cfr. R. Bhaskar, A Realist Theory of Science, Leeds Books, Leeds 1975, pp. 33-36. Nos referiremos a las ideas de Harré a continuación con mayor detalle.
[9] Cfr. R. Harré, The Piinciples of Scientific Thinking, Mac Millan, London 1970, p.278. Harré usa aquí y en muchos otros lugares el término power, que traducimos por potencia; se trata, evidentemente, de una potencia activa o capacidad de actuar.
[10] R. Harré, «Powers», cit., pp. 81, 83 y 85.
[11] Cfr. R. Bhaskar, o. c., pp. 27-29.
[12] Los análisis de Bhaskar y Harré se sitúan en la línea del experimentalismo, representado también por Ian Hacking (cfr. I. Hacking, Representing and Intervening, Cambridge University Press, Cambridge 1983), y no están exentos de dificultades. Nos hemos limitado en el texto a señalar algunos importantes puntos de coincidencia. Una exposición articulada de la epistemología de Harré se encuentra en: R. Harré, Varieties of Realism, Blackwell, Oxford 1986. En esta obra se afrontan problemas nada fáciles de la epistemología actual y, junto con análisis valiosos, se encuentran puntos de vista muy problemáticos.



