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Las propiedades de lo natural 3ª Parte

por Romen
jueves, 20 de noviembre del 2008 a las 23:37

 Virtualidades cualitativas

Lo natural posee modos de ser específicos que, si bien se realizan a través de las dimensiones cuantitativas, no se reducen a ellas. Hemos estudiado los modos de ser esenciales; ahora consideraremos los accidentales. Nos referiremos en primer lugar a las cualidades de las substancias materiales; examinaremos después los tipos de cualidades y su realidad; finalmente, aludiremos al importante puesto que ocupan las cualidades en el conocimiento de la naturaleza.

3.1. Substancia, forma y cualidades

El dinamismo se refiere a una característica fundamental de lo natural: la existencia de virtualidades que se despliegan a través de interacciones. Esas virtualidades corresponden al modo de ser de las substancias, al carácter específico de cada substancia; por tanto, a su forma substancial. Pero no se identifican con ella. En efecto, una misma substancia, sin cambiar su esencia, puede desplegar unas virtualidades y no otras, y en distintos grados; si no fuese así, cualquier substancia estaría poniendo en juego, por así decirlo, todas sus posibilidades de interacción en todo momento: y no es eso lo que sucede. Ni siquiera sería posible que sucediera, porque el despliegue de las virtualidades se realiza en función de las circunstancias presentes en cada caso, y las circunstancias pueden ser muy variadas: no pueden estar presentes a la vez todas las circunstancias posibles.

Esas virtualidades suelen denominarse «cualidades». En el caso de la cantidad, el uso del singular expresa la unidad de la substancia; en cambio, aquí utilizamos el plural para expresar que en cualquier substancia existen diferentes cualidades.

Hablamos también de «virtualidades» porque se trata de propiedades que están presentes en la substancia al modo de posibilidades, de potencialidades cuya actualización depende de las circunstancias. Este término expresa tanto potencialidades de actuar como de recibir una acción de otra substancia: aunque con frecuencia se habla de cualidades «activas» en el primer caso y «pasivas» en el segundo, desde un punto de vista general todas se despliegan mediante «interacciones» que incluyen dos o más sujetos, con independencia de que puedan considerarse «agentes» o «pacientes».

En definitiva, las cualidades son modos de ser accidentales, porque no tienen una existencia propia independiente, ni se identifican con la esencia de las substancias; se relacionan con la forma substancial, porque vienen a ser determinaciones particulares que corresponden al modo específico de ser de cada substancia; y determinan a la substancia «a través de» la cantidad, porque son modos de ser que se realizan en las condiciones cuantitativas: la magnitud de una substancia, su configuración espacial, la estructuración temporal de los procesos que en ella existen, y, en general, las condiciones materiales, hacen posible la existencia de las cualidades y a la vez les imponen unos límites.

3.2. Tipos de cualidades

Existen muchos tipos de cualidades, y no todas se encuentran en cada substancia. Precisamente, el modo de ser de las substancias suele determinarse mediante sus cualidades.

Nos referiremos en primer lugar a los tipos generales de cualidades; en segundo lugar, a su carácter de virtualidades o disposiciones; y en tercer lugar, a las cualidades que pueden ser captadas por los sentidos y que desempeñan, por este motivo, una función básica en nuestro conocimiento de la naturaleza.

a) Modos de ser particulares

En cuanto modos de ser, suelen distinguirse dos tipos básicos de cualidades: las propiedades, que no forman parte de la esencia pero la acompañan necesariamente, y las cualidades puramente contingentes que pueden darse o no en una substancia concreta. Por ejemplo, las substancias químicas puras poseen propiedades bien determinadas que las distinguen (masa atómica, puntos de fusión o de vaporización, etc.), y, en cambio, pueden poseer otras cualidades que no son características (por ejemplo, presentarse bajo un determinado color, o encontrarse en estado sólido, líquido o gaseoso y, por tanto, poseer una densidad o una dureza determinadas). Las propiedades se emplean para definir las substancias: no conocemos las esencias de modo directo ni completo, y por tanto, determinamos su modo de ser y su definición a través de sus propiedades.

Se distinguen también las cualidades activas y las pasivas. Las primeras se refieren a las modalidades de la actividad, y las segundas a la recepción de acciones de otros sujetos. Sin embargo, ya hemos advertido que esta distinción responde, a veces, a criterios convencionales, porque tanto las «acciones» como las «pasiones» son «interacciones», y una substancia se califica como agente o paciente de acuerdo con determinados puntos de vista: por ejemplo, según se trate de un viviente o de una substancia inorgánico, de una substancia de mayor o menor tamaño, etc. Evidentemente, resulta lógico calificar como «agentes» a los sujetos dotados de conocimiento o de tendencias muy específicas cuando desarrollan las respectivas virtualidades: hablamos de las acciones de un animal que anda o vuela y, en cambio, hablamos de la acción de unas piedras que caen sobre el animal.

b) Virtualidades, disposiciones y tendencias

Todas las cualidades pueden ser consideradas como «virtualidades», porque se trata de posibilidades que pueden actualizarse en función de las circunstancias. Y cualquier virtualidad equivale a una posibilidad real, a una potencialidad específica, que puede encontrarse más o menos próxima a su actualización. De acuerdo con los grados de esa proximidad, se puede hablar, de menos a más, de simples virtualidades, de capacidades, de disposiciones, o de auténticas tendencias.

Teniendo en cuenta que la actualización de las virtualidades depende de las circunstancias que la permiten o que la impulsan, también depende en parte de las circunstancias la calificación de una cualidad como virtualidad, capacidad, disposición o tendencia: por ejemplo, la afinidad de las substancias químicas se refiere a su tendencia a combinarse, y varía en las diferentes circunstancias. Estos calificativos suelen utilizarse con referencia a las circunstancias ordinarias, o a circunstancias especiales que tienen particular relevancia.

La existencia de tendencias es especialmente patente cuando los agentes forman parte de una organización unitaria estable. En efecto, en esos casos se dan las condiciones que favorecen o provocan la actualización de unas virtualidades específicas. Es importante advertir que este caso es muy frecuente en la naturaleza, lo cual es una manifestación de su carácter altamente específico y tendencial.

El carácter tendencial de las cualidades ha sido negado, con frecuencia, debido a su conexión con la finalidad. Se trata, sin embargo, de un aspecto central de la naturaleza. Lo examinaremos con más detenimiento al estudiar la objetividad de las cualidades.

e) Las cualidades sensibles

Especial importancia tiene para nosotros la distinción de las cualidades entre aquellas que son sensibles y las que no lo son. En efecto, nuestro conocimiento de la naturaleza depende completamente de las primeras, porque se basa en lo que puede ser conocido mediante nuestros sentidos.

Por supuesto, la distinción es irrelevante, en cambio, en vistas a determinar el modo de ser de lo natural, ya que ese modo de ser podría permanecer idéntico incluso si desapareciera la humanidad (prescindimos aquí de los efectos de nuestra acción sobre la naturaleza).

Nuestros sentidos tienen un alcance muy limitado y su funcionamiento se refiere, ante todo, a las necesidades de la vida práctica. En tales circunstancias, resulta sorprendente el gran desarrollo de las ciencias, gracias al cual conocemos muchos aspectos de la naturaleza que son inaccesibles a la experiencia ordinaria e incluso se encuentran muy alejados de ella. Este progreso sólo es posible gracias a una peculiar combinación de la experimentación y la conceptualización; el método científico, basado en esa combinación, es una de las principales muestras de la inteligencia humana, ya que supone un alto grado de idealización, de capacidad de relacionar las construcciones teóricas con los resultados experimentales, de idear y realizar experimentos muy sofisticados, de interpretación y de argumentación.

Pero todo ello depende de los «datos» proporcionados por los sentidos. Incluso las teorías más abstractas deben ser comprobadas mediante consecuencias experimentales, cuya interpretación depende, inevitablemente, de los datos de la experiencia ordinaria.

Otros vivientes pueden captar cualidades que para nosotros resultan inaccesibles, o en un grado que supera nuestras posibilidades. En cualquier caso, la relación de las cualidades con nuestro conocimiento conduce directamente al problema de la objetividad de las cualidades.

3.3. La objetividad de las cualidades

En la perspectiva aristotélica, la cualidad se refiere a un modo de ser, o sea, a una forma accidental que representa un aspecto de la realidad, una determinación accidental que no se reduce a las dimensiones cuantitativas. La cantidad sin forma sería, por decirlo así, ciega. Negar lo cualitativo equivale a negar que existan realmente modos de ser.

Pero, ¿cómo conocemos las cualidades?, ¿en qué medida se encuentra condicionado nuestro conocimiento por nuestro particular acceso a la realidad?

a) Cualidades primarias y secundarias

En el mecanicismo cartesiano y en el empirismo post-cartesiano, se articuló la dicotomía entre lo «cuantitativo-objetivo» y lo «cualitativo-subjetivo» en el nivel del conocimiento sensible y de la realidad física. Se acuñó una terminología que ha sobrevivido hasta la actualidad: las características cuantitativas tales como la magnitud, la figura y el movimiento local responderían a cualidades primarias, que son propiedades reales de la naturaleza, y en cambio, las cualidades sensibles como el color, el sabor, el sonido, etc. (los objetos directos de nuestros sentidos), serían cualidades secundarias, que no son propiedades reales, sino los efectos que las cosas producen en nuestros sentidos.

Esta dicotomía suele presentarse como si estuviese apoyada por la perspectiva cuantitativa de la ciencia experimental, que consigue estudiar las cualidades primarias de modo intersubjetivo, lo cual no es posible con respecto a las cualidades secundarias.

Para clarificar este problema es importante comprender la función de las matemáticas en el estudio de la naturaleza. Los conceptos matemáticos, especialmente los más abstractos, son construcciones nuestras que resultan aplicables en la física matemática. La posibilidad de aplicar las matemáticas en las ciencias físicas responde a la modalidad de la construcción de las magnitudes, que se definen en relación con formulaciones matemáticas y con experimentos. El éxito de estas construcciones nada dice en contra de la existencia de cualidades que afectan a la substancia mediante la cantidad y que, por ese motivo, admiten grados y son medibles. Más aún, el estudio matemático permite alcanzar conocimientos acerca de los aspectos cualitativos de la realidad, aunque no exista siempre una correspondencia simple entre las cualidades reales y las magnitudes científicas.

Por otra parte, el progreso científico ha permitido conocer muchos procesos físicos que intervienen en la sensación, tales como los fenómenos electromagnéticos relacionados con la luz y la visión, y los mecanismos cerebrales relacionados con la percepción. Teniendo en cuenta los conocimientos actuales, no es difícil advertir las deficiencias de las concepciones extremas acerca de la objetividad de las sensaciones y de las cualidades.

El realismo de las cualidades en su forma extrema, o sea, la doctrina según la cual las cualidades sensibles existen en la realidad formalmente, tal como las percibimos, no parece sostenible. En los órganos de los sentidos recibimos señales que son codificadas y traducidas, y el resultado son sensaciones producidas de acuerdo con nuestro aparato cognoscitivo.

El puro subjetivismo acerca de las cualidades, según el cual existe una heterogeneidad radical entre la sensación y la realidad física, tampoco parece sostenible. Subestima que las cualidades corresponden, de algún modo, a propiedades de los objetos.

La solución del problema se encuentra en una vía media. Por una parte, la sensación y su contenido se encuentran sólo en un sujeto dotado de un organismo determinado. Pero, por otra, existe continuidad entre la sensación y la realidad exterior. Puede decirse que, a través de la sensación, captamos propiedades reales de acuerdo con nuestro modo de conocer. Para determinar en detalle las características de esas propiedades se requieren investigaciones específicas, y en ese terreno las ciencias desempeñan una función insustituible. Pero la misma ciencia sería imposible si no se admitiera la objetividad básica del conocimiento sensible, ya que lo utiliza continuamente y no puede ser sustituido.

Por ejemplo, la visión responde a un conjunto de interacciones de carácter físico y fisiológico. La sensación es subjetiva en cuanto experiencia personal, pero corresponde a lo real y puede ser objeto de comprobaciones intersubjetivas. Al afirmar que algo posee un color, se predica algo real, aunque esa predicación esté mediatizada por nuestro equipo sensorial y por las circunstancias físicas. En efecto, en cada circunstancia se producen efectos bien determinados[1].

Por otra parte, las cualidades denominadas primarias (tamaño, figura, posición, movimiento, velocidad) también dependen de nuestra conceptualización y de las circunstancias físicas. En cuanto cualidades perceptibles, son tan reales y subjetivas las primarias como las secundarias: ambas son el resultado de datos procesados e interpretados[2].

b) El conocimiento de las cualidades

Hemos afirmado que la cantidad es el primer accidente de la substancia corpórea. Esto significa que los demás accidentes afectan a la substancia a través de la cantidad. Así

se explica el carácter primario de lo cuantitativo, pero también se advierte que el reduccionismo es una extrapolación injustificada.

La naturaleza se compone de entidades que tienen modos de ser (formas, cualidades), realizados sobre una base cuantitativa. En el nivel de la experiencia ordinaria captamos, a nuestro modo, ambos aspectos; y la reflexión científica y filosófica se dirige a conocerlos mejor.

Estamos dotados de un equipo sensorial que nos permite tener una representación de la naturaleza que es contextual (depende de nuestro equipo cognoscitivo) y parcial (captamos unos aspectos y no captamos otros), pero auténtica (captamos, a nuestro modo, características reales). Ese conocimiento se desarrolla mediante la experiencia y está relacionado con fines prácticos: el reconocimiento de objetos, la orientación, la acción, la nutrición, etc. Además, ese conocimiento también proporciona una base, parcial pero fiable e indispensable, para una reflexión ulterior, que puede ser tanto científica como filosófica, dirigida hacia el conocimiento de los aspectos no manifiestos de la naturaleza.

No tiene sentido criticar la validez del conocimiento ordinario en nombre de la ciencia, ya que el conocimiento ordinario constituye un presupuesto básico de la ciencia. Sin el conocimiento ordinario, ni siquiera podrían plantearse los problemas científicos, y tampoco serían posibles la observación ni la comprobación experimental.

Además, el progreso científico retro-justifica la validez del conocimiento ordinario, lo amplía, y eventualmente contribuye a precisarlo (por ejemplo, eliminando algunas valoraciones inadecuadas de la experiencia); pero no puede invalidarlo ni sustituirlo.

La ciencia experimental no siempre proporciona representaciones fotográficas de la realidad, como si fuesen una mera traducción del mundo externo. Utiliza lenguajes simbólicos, que son construcciones nuestras. Pero a través de esas construcciones, conocemos de modo contextual y parcial, pero auténtico, características reales. Esas características se refieren, de un modo u otro, a modos de ser, y pueden ser catalogadas, por consiguiente, en el ámbito de las cualidades.

Según su naturaleza y el contexto de los problemas que se estudian, esas características pueden ser catalogadas como virtualidades, capacidades, disposiciones y tendencias[3]. No es difícil encuadrarías dentro de las especies clásicas de la cualidad. No se trata de encajarlas de manera forzada, lo cual no tendría ningún interés; sino de advertir que corresponden a la idea clásica de cualidad y que, por consiguiente, esta idea conserva su validez.

3.4. Las cualidades y el conocimiento de lo natural

Concluimos, en definitiva, que nuestro acceso a la naturaleza está condicionado enteramente por nuestro conocimiento de las cualidades; que ese conocimiento tiene un aspecto subjetivo (la sensación) pero, a la vez, permite captar aspectos objetivos de la realidad; que existen cualidades reales y que las conocemos de un modo contextual y parcial pero auténtico; y que el progreso científico nos permite conocer con mayor profundidad muchos aspectos cualitativos de la naturaleza.

Un mundo puramente cuantitativo sería inobservable. La ciencia experimental trasciende el ámbito del conocimiento ordinario, pero ha de tomarlo como un punto básico de referencia. En cualquier caso, el recurso a la experimentación, del que nunca se puede prescindir, es inconcebible sin una dosis mínima de realismo acerca de las cualidades tal como se dan en el conocimiento ordinario.

4. La actividad natural

La actividad de las entidades naturales responde a su modo de ser. «El obrar sigue al ser», clásico aforismo filosófico, significa que una entidad puede realizar aquellas acciones que corresponden a su modo de ser: por tanto, a su forma substancial y a sus cualidades.

Estudiaremos ahora la actividad natural: en primer lugar sus modalidades, y en segundo lugar las leyes que la rigen, prestando atención especial, en tercer lugar, al problema del determinismo de esas leyes.

4. 1. Modalidades de la actividad natural

Hemos contemplado las cualidades como virtualidades, cuya actualización depende de las circunstancias. Esa actualización consiste en acciones o interacciones, cuyos sujetos suelen ser denominados «causas agentes» o «causas eficientes».

a) Agentes e interacciones

La actividad natural consiste propiamente en interacciones: nunca es obra de un agente completamente aislado, siempre implica la acción de unos seres o componentes sobre otros seres o componentes.

Si tenemos en cuenta la función central que en la naturaleza desempeñan los sistemas unitarios o substancias, advertiremos también que tiene especial interés relacionar las interacciones con las substancias. En efecto, las interacciones corresponden a las acciones de las substancias, de sus componentes o de sus agregaciones. Por tanto, parece lógico centrar el estudio de la actividad natural en las acciones de esos sujetos, o sea, en las «causas agentes» o «causas eficientes».

La ciencia experimental ha conducido en este ámbito a una situación un tanto paradójica: se dice, por una parte, que la ciencia sólo respeta la causa eficiente y desecha el resto de las causas, pero, por otra parte, la noción de causa eficiente viene también puesta en tela de juicio. En efecto, la ciencia busca leyes que permiten determinar el comportamiento de los cuerpos bajo la acción de fuerzas, pero esas fuerzas no corresponden a «agentes», sino más bien a «interacciones»; por ejemplo, en el nivel físico fundamental, las explicaciones se centran en el modelo estándar de «interacciones fundamentales» que se estudian mediante teorías de «campos». Por tanto, la clásica distinción entre «agente» y «paciente» queda difuminada. La representación que de ahí resulta no corresponde a la jerarquía de «motores» y «móviles», sino a la determinación de fenómenos bajo leyes generales. Sin duda, esas explicaciones también se aplican a casos en los que puede hablarse de «agentes» en el sentido habitual, pero esos casos ya no vienen considerados como la base de las explicaciones, sino como casos particulares que se explican mediante leyes generales.

Sin embargo, la representación habitual de las acciones en términos de «sujetos agentes» conserva su validez, porque las interacciones suponen, de un modo u otro, sistemas unitarios que son sus sujetos. Esto es patente en el caso de sujetos que poseen un alto nivel de organización, especialmente los vivientes; pero también en el ámbito de los seres no vivientes existen sujetos de las acciones: partículas, átomos, moléculas,

macromoléculas, e incluso agregaciones que, si bien no son sistemas unitarios, se comportan como sujetos unitarios de las interacciones.

Centraremos, por tanto, nuestra atención en la acción como actualización de las virtualidades que poseen los sujetos unitarios o «causas eficientes».

b) La causalidad eficiente

La causa eficiente es una de las cuatro causas aristotélicas: la material y la formal constituyen instrínsecamente los seres, la eficiente produce el movimiento, y la final señala su dirección. Aristóteles resume su doctrina con estas palabras: "Se llama causa, en un primer sentido, la materia inmanente de la que algo se hace; por ejemplo, el bronce es causa de la estatua, y la plata, de la copa, y también los géneros de estas cosas. En otro sentido, es causa la especie y el modelo; y éste es el enunciado de la esencia y sus géneros (por ejemplo, de la octava musical, la relación de dos a uno, y, en suma, el número) y las partes que hay en el enunciado. Además, aquello de donde procede el principio primero del cambio o de la quietud; por ejemplo, el que aconsejó es causa de la acción, y el padre es causa del hijo, y, en suma, el agente, de lo que es hecho, y lo que produce el cambio, de lo que lo sufre. Además, lo que es como el fin; y esto es aquello para lo que algo se hace, por ejemplo, del pasear es causa la salud. ¿Por qué, en efecto, se pasea? Decimos: para estar sano. Y, habiendo dicho así, creemos haber dado la causa. Y cuantas cosas, siendo otro el motor, se hacen entre el comienzo y el fin; por ejemplo, de la salud es causa el adelgazamiento, o la purga, o las medicinas, o los instrumentos del médico. Pues todas estas cosas son por causa del fin, y se diferencian entre sí porque unas son instrumentos, y otras, obras"[4].

Aristóteles no utiliza la expresión «causa eficiente», cuya historia es compleja[5]. Habla de «aquello de donde procede el principio primero del cambio o de la quietud», «la fuente primaria del cambio o del llegar al reposo», «el principio del movimiento». Se trata, por tanto, de la «causa motriz» o «causa agente».

La doctrina aristotélica sobre la causa agente se relaciona, en algunos aspectos, con elementos ya superados de su cosmovisión (por ejemplo, con el movimiento natural hacia los lugares naturales). Pero el núcleo fundamental conserva su validez. En efecto, la actividad natural responde a un dinamismo cuya «fuente» se encuentra en el «interior» de los seres naturales: corresponde a su modo de ser esencial, a sus virtualidades o cualidades; y ese dinamismo se despliega en función de las tendencias internas y de las circunstancias externas que hacen posible su actualización.

El movimiento, como actualización de potencialidades, supone siempre sujetos dotados de dinamismo propio y circunstancias que condicionan su despliegue. En definitiva, el movimiento requiere unas causas que lo produzcan, unos sujetos del dinamismo natural.

Para explicar el movimiento, en las ciencias se utilizan modelos que, en ocasiones, no parecen aludir a causas agentes: por ejemplo, «ondas», «fuerzas» y «campos de fuerzas», «energía», «intensidad del campo». Sin embargo, siempre se supone que existen sujetos de las interacciones, y con frecuencia se alude expresamente a ellos. Además, los conceptos de fuerza, campo de fuerzas, y energía, se refieren a las acciones que causan el movimiento.

Consideraremos ahora algunos aspectos particulares de la doctrina aristotélica sobre la causa agente.

c) Características de la acción natural

Nos referiremos, en concreto, a dos problemas: la necesidad del contacto físico para la acción, y la necesidad de un agente «externo» para explicar el movimiento.

Respecto al primer problema, Aristóteles afirma que, en el ámbito natural, la causa agente siempre actúa por contacto: "mueve al móvil precisamente actuando sobre el móvil en cuanto tal. Pero esto lo hace por contacto, de modo que, al mismo tiempo, recibe una acción. De ahí que podemos definir el movimiento como la actualización del móvil en cuanto móvil, siendo la causa de ese atributo el contacto con lo que puede mover, de modo que el motor recibe también una acción. El motor o agente siempre será el vehículo de una forma, o bien un esto o un tal, que, cuando mueve, será la fuente y causa del cambio; p. ej., el hombre plenamente formado engendra un hombre de lo que es potencialmente un hombre"[6].

Sin embargo, también afirma que el contacto puede entenderse en un sentido amplio; por ejemplo, el cambio producido por la piedra que es arrojada y choca. se debe al agente que la arrojó, y existen, además, casos especiales: los cuerpos celestes actúan sobre los sublunares; el imán sobre lo que es atraído.

Prescindiendo de los ejemplos antiguos, se puede afirmar que, de acuerdo con los conocimientos actuales, la existencia de contacto es un requisito para la acción natural. Durante siglos se ha discutido la posibilidad de la «acción a distancias, sin contacto físico, y las teorías de «campos» parecerían apoyar esa posibilidad, ya que se refieren a interacciones que a veces (la electromagnética y la gravitatoria) influyen a grandes distancias. Sin embargo, también en esos casos se afirma la existencia de un cierto contacto: las interacciones se propagan con una velocidad finita, no influyen hasta que no transcurre el tiempo preciso para que «lleguen» al lugar donde actúan, y además se apoyan en «partículas» físicas que sirven de «mediadores» para la interacción[7].

La necesidad de contacto no significa que las acciones físicas se reduzcan a «empujar» y «arrastrar», tal como viene sugerido por nuestra experiencia ordinaria, ni tampoco que la realidad deba representarse necesariamente recurriendo a imágenes corpusculares. Si nos preguntamos sobre la representación «última» de la actividad física, quizá debamos responder que, a pesar del progreso de nuestros conocimientos, nunca alcanzaremos una respuesta «última» a esa pregunta.

El segundo problema se refiere a la afirmación aristotélica según la cual «todo lo que se mueve es movido por otro»[8]. Aristóteles le dedica gran atención, puesto que ocupa un lugar importante en la prueba de la existencia del Primer Motor y, por tanto, en la conexión entre la física y la metafísica; y para demostrarla propone tres argumentos que, en parte, se relacionan con aspectos difíciles de su cosmovisión[9].

Esta afirmación parece enfrentarse con el auto-movimiento propio de los vivientes. Se suele decir que, en ese caso, unas partes mueven a otras.

También parece oponerse al «principio de inercia» de la física clásica, según el cual la acción exterior no es necesaria para provocar el movimiento, sino sólo el cambio del movimiento. Puede decirse, sin embargo, que el movimiento ha sido causado en algún momento por algún agente y que su permanencia se debe a las circunstancias físicas. Además, según el «principio de Mach», la inercia se debe a las interacciones de un cuerpo con el resto del universo, y la teoría general de la relatividad la explica en función de las distribuciones de las masas: si esto es así, la inercia es un efecto debido a interacciones físicas, y no significa que los cuerpos mantengan su movimiento independientemente de causas externas.

Todavía podemos preguntamos cómo se compagina el dinamismo propio de lo natural con la necesidad de agentes externos para provocar el movimiento. Para responder, recordaremos que en toda acción se da una interacción: el despliegue el dinamismo depende de las circunstancias y, por tanto, de interacciones. Por tanto, en cualquier caso, existen acciones «externas» que acompañan a la actividad de los sujetos naturales; en el caso de los vivientes, cualquier acción supone interacciones físicas en el organismo y con el medio ambiente (sensaciones, procesos neuronales, etc.). Además, si llevamos nuestra pregunta hasta el límite, tropezaremos con la necesidad de dar un «salto metafísico», afirmando la acción divina fundante que explica, en último término, la existencia y la actividad de unos seres que no tienen en sí mismos su razón última del ser y del obrar.

4.2. Actividad natural y leyes

La actividad natural se despliega en torno a pautas dinámicas. Las ciencias formulan leyes que se refieren a esas pautas, y cuando las leyes están bien comprobadas, podemos afirmar que reflejan de algún modo las leyes naturales.

a) Las leyes científicas

La ciencia experimental busca un conocimiento de la naturaleza que pueda someterse a control experimental, y lo consigue, en buena parte, a través de las «leyes».

Las leyes científicas son enunciados que relacionan diferentes aspectos de los fenómenos naturales. Cuando se trata de leyes formuladas matemáticamente, relacionan magnitudes que pueden medirse (directa o indirectamente). Otras leyes se expresan sin matemáticas pero son la base para la formulación de leyes matemáticas: por ejemplo, los «principios generales», como el principio de conservación de la energía.

Cuando se encuentran bien comprobadas, las leyes científicas expresan aspectos de la realidad. Sin embargo, se refieren a la realidad a través de construcciones teóricas (conceptos y relaciones que se construyen), y no son una simple fotografía de la naturaleza. Por ejemplo, cuando se afirma que la fuerza es igual a la masa multiplicada por la aceleración, se anticipan los resultados de posibles mediciones en circunstancias particulares; esa ley expresa, por tanto, relaciones entre magnitudes cuya definición y medición no vienen dadas por la naturaleza misma, sino que dependen de contextos conceptuales construidos por los científicos.

b) Las leyes naturales

Hemos subrayado, desde el principio de nuestro estudio, que en la naturaleza, propiamente hablando, no existen leyes. El concepto de «ley» responde a una abstracción. No se trata sólo de advertir, como acabamos de hacerlo, que las leyes científicas no son una simple fotografía de la naturaleza. El problema es más profundo: en realidad, la naturaleza consta de entidades (con sus propiedades) y de procesos, y las leyes son enunciados abstractos mediante los cuales expresamos aspectos estructurales y repetibles de lo natural.

Podemos ir más lejos. En sentido estricto, nada se repite exactamente en la naturaleza. Sin duda, existen muchas regularidades que, a ciertos efectos, podemos considerar como repeticiones. Pero las repeticiones sólo son aproximadas, aunque a veces la aproximación sea muy precisa.

Con facilidad pensamos que se repite exactamente lo que, en la vida ordinaria o en la práctica científica, es bastante estable. No advertimos que cambia la forma de las constelaciones de estrellas, o que el Sol va agotando su combustible, o tantos otros cambios que resultan imperceptible

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Romen

Romen escribió esta anotación hace 1 año. En ella habla sobre Cualidades, Determinismo, Filosofía De La Naturaleza y Forma.

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