La Naturaleza (2° parte)
3. Delimitación del ámbito de lo natural
En primer lugar, mostraremos que nuestra propuesta permite diferenciar lo natural frente a lo artificial, y lo racional.
3. 1. Lo natural y lo artificial
En sentido estricto, lo artificial no tiene un dinamismo propio: sólo lo tienen las entidades naturales que lo componen. Lo artificial tiene una estructuración espacio- temporal que responde a un proyecto exterior, planeado por el artífice, pero esa estructuración no es el resultado de un dinamismo propio. La independencia respecto a la intervención humana caracteriza a la actividad natural frente a la artificial, y refleja que lo natural responde a un principio interior propio, a un dinamismo que no depende de la voluntad humana; su estructuración es el resultado del despliegue de un dinamismo propio. En cambio, la actividad de los artefactos corresponde a un orden estructural que les viene dado desde fuera, de acuerdo con el proyecto de quien los ha fabricado.
El dinamismo natural tiene una consistencia propia que no depende de la voluntad humana. Cuando fabricamos artefactos, utilizamos el dinamismo natural, pero no podemos cambiarlo. El despliegue del dinamismo natural responde a tendencias que son independientes de nuestra actividad. Podemos intervenir en los procesos naturales, pero nuestra intervención se limita a encauzar el dinamismo natural.
Para precisar con mayor exactitud las relaciones entre lo natural y lo artificial, hay que distinguir el modo de producción y los resultados. En efecto, puede suceder que la intervención humana sobre la naturaleza produzca entidades que son idénticas a entidades naturales que ya existen o que, aunque no existan previamente, poseen la unidad estructural y dinámica característica de las entidades naturales. Lo artificial es, entonces, nuestra intervención en el proceso de producción. Pero ni siquiera en esos casos podemos modificar el dinamismo original de la naturaleza; sólo podemos encauzarlo.
Por otra parte, el concepto de lo natural no es totalmente unívoco. Se da una gradualidad en lo natural. Tan natural es una planta como una piedra si consideramos solamente el modo de producción: tanto las plantas como las piedras se producen mediante procesos naturales; sin embargo, en las plantas se dan un dinamismo y una estructuración, mutuamente entrelazados, que responden a tendencias unitarias de la naturaleza y que se reproducen en muchos otros casos semejantes, mientras que las piedras son agregaciones cuya composición y estructuración varían de unos casos a, otros. La unidad natural del dinamismo, de la estructuración y de su entrelazamiento se da en diferentes grados.
Algo semejante sucede con respecto a lo artificial. Existe una gradación de lo artificial. Una estatua es artificial en sentido estricto, puesto que se caracteriza por una forma que es producida de acuerdo con un proyecto humano. Una nueva variedad de plantas o de animales, obtenida mediante cruces dirigidos por el hombre, sólo es artificial en la parte que corresponde a la dirección humana: los procesos y sus resultados son estrictamente naturales. Las máquinas se encuentran en una situación intermedia: una máquina mecánica es un simple instrumento en el cual el dinamismo natural se encauza a través de estructuras proyectadas por el hombre, mientras que una máquina cibernética posee mecanismos cuyo funcionamiento se asemeja al de los vivientes.
Por tanto, entre lo natural y lo artificial existe una graduación de casos intermedios. Pero todos los procesos se apoyan, en último término, en el dinamismo y la estructuración propios de lo natural.
3.2 Lo natural y lo racional
Con respecto a la actividad libre propia de los sujetos racionales, puede advertirse que la actividad humana responde a un dinamismo que, si bien se encuentra relacionado con estructuras espacio-temporales, las trasciende
Nuestro conocimiento intelectual incluye el sentido de la evidencia y de la verdad, la capacidad de reflexionar acerca de nuestros conocimientos, la posibilidad de formular argumentos y examinar su validez. La racionalidad nos permite proponernos fines y elegir medios, o sea, el ejercicio de la voluntad, que incluye la libertad, la capacidad de amar y el comportamiento ético.
El ejercicio de estas capacidades se encuentra relacionado con lo natural. Somos seres naturales, no espíritus puros. Sin embargo, la racionalidad responde a un dinamismo que trasciende las condiciones espaciales y temporales. El dinamismo natural se encuentra condicionado por las pautas espacio-temporales, mientras que la actividad racional puede superar, al menos con la inteligencia y la voluntad, cualquier tipo de pautas naturales.
Nuestra relación con la naturaleza es singular. Estamos sometidos a las leyes naturales, pero también podemos contemplarlas desde fuera, conocerlas y utilizarlas. Estamos inmersos en la naturaleza pero, al mismo tiempo, la trascendemos: la podemos contemplar, conceptualizar, objetivar y controlar.
3.3 El ámbito de la realidad natural
La actividad natural se encuentra situada entre la actividad racional y la artificial, y combina dosis de ambas. Lo peculiar del mundo físico es la combinación del dinamismo interno (que también se da en lo racional) y la estructuración espacio-temporal (que también se da en lo artificial). Posee una espontaneidad que no es voluntaria y que se despliega a través de estructuras espaciales y temporales. Por tanto, puede decirse que lo natural es el ámbito de la realidad que se caracteriza por un modo de obrar espontáneo relacionado intrínsecamente con estructuras espacio-temporales.
Esta caracterización de lo natural es rigurosa y a la vez suficientemente amplia y realista. Permite distinguir lo natural respecto a lo artificial y lo racional. Expresa lo natural en función de su actividad, ya que se refiere al dinamismo interno, y añade la vinculación de ese dinamismo con respecto a la estructuración espacio-temporal. Por tanto se evita la dicotomía entre los aspectos estructurales y dinámicos de lo natural, cuya separación conduce fácilmente a equívocos. Y se limita a reflejar los caracteres básicos que son propios de todo lo natural, de modo que permite abarcar la gran variedad de aspectos reales de la naturaleza.
En las reflexiones que siguen mostraremos otras implicaciones de nuestra caracterización de lo natural.
3.4. Propiedades de lo natural
Examinaremos ahora seis características que se encuentran estrechamente relacionadas con lo natural y que, con frecuencia, se utilizan para definirlo. Suele decirse, en efecto, que lo natural es corpóreo, sensible, material, espacio-temporal, cuantitativo, y necesario (en contraposición a lo libre)
El análisis de estas propiedades pondrá de manifiesto que la caracterización de lo natural en función del entrelazamiento de dinamismo y estructuración recoge de modo suficiente lo que estas características significan y evita, al mismo tiempo, los inconvenientes que pueden surgir cuando se define lo natural en función de ellas.
a) Lo corpóreo,
Suele definirse lo corpóreo como lo que tiene dimensiones espaciales, o sea, extensión. Sin duda, la extensión es una importante característica de las entidades naturales. Pero si se identifica lo natural con lo corpóreo, surgen tres inconvenientes.
En primer lugar, se deja fuera de consideración el dinamismo, que es un aspecto fundamental de la realidad.
Además, el término cuerpo suele emplearse para designar el estado sólido de la materia y por este motivo es casi inevitable que, si se identifica lo natural con lo corpóreo, se dejen fuera de consideración los sistemas líquidos y gaseosos que son tan naturales e importantes como los sólidos. Y tampoco suelen calificarse como corpóreos los campos de fuerzas, que son, sin embargo, naturales y desempeñan una importante función en las ciencias y en la naturaleza.
Existe otra dificultad más grave: si bien la extensión es algo que pertenece a lo natural, no designa su modo de ser propio, ya que los artefactos también son cuerpos. Por tanto, el calificativo «corpóreo> no permite distinguir lo natural y lo artificial.
La caracterización en función del dinamismo y la estructuración no presenta esos inconvenientes. En efecto, incluye el dinamismo propio de lo natural; se aplica tanto a las entidades como a las propiedades y a los procesos; abarca todos los estados de la materia; se extiende no sólo a las entidades corpóreas sino también a cualquier otro tipo de entidades naturales, como los campos de fuerzas; y permite distinguir lo natural frente a lo artificial.
b) Lo sensible
En otras ocasiones, se caracteriza lo natural como lo sensible. En este caso se acentúa un importante aspecto de nuestra experiencia ordinaria en la cual consideramos como mundo físico lo que puede ser captado por nuestros sentidos. Sin embargo, esta caracterización resulta incompleta y poco profunda.
Es incompleta, porque deja fuera muchas entidades naturales, tales como las entidades microfísicas, que no son accesibles a la observación directa. Esto puede solucionarse ampliando la noción de lo sensible de modo que incluya también todo lo que se relaciona causalmente con lo que podemos percibir mediante nuestros sentidos. Esa ampliación es legítima, pero exige precisiones nada triviales si se desea darle un sentido riguroso; puede objetarse, por ejemplo, que la inteligencia y la voluntad humanas actúan sobre entidades físicas y, sin embargo, no son entidades físicas.
Además, la caracterización no es profunda, porque las entidades naturales no sólo poseen atributos sensibles, sino también dimensiones inteligibles. Y lo sensible se refiere a nuestras posibilidades de observación, que son algo exterior a los entes naturales; por tanto, no refleja las características propias de lo natural.
Estos inconvenientes se evitan cuando se caracteriza lo natural mediante el dinamismo y la estructuración. En efecto, el dinamismo no se refiere a nuestro conocimiento, sino que se encuentra en la realidad. Al incluir también la estructuración espacio-temporal se expresa suficientemente el carácter material de lo natural, y se evita al mismo tiempo definir lo natural en función de nuestras capacidades cognoscitivas. Y tanto el dinamismo como la estructuración apuntan hacia las dimensiones inteligibles de lo natural, y dejan abierto el problema de su explicación.
e) Lo material
Frecuentemente se caracteriza lo natural como lo material, pero entonces se tropieza con la pluralidad de sentidos que se incluyen en el concepto de materia.
A veces, lo material se identifica con lo sensible y lo corpóreo. En este caso, encontraremos las dificultades que ya se han mencionado a propósito de estas dos propiedades.,
En otras ocasiones, lo material designa todo aquello que actúa como componente, o sea, aquello de lo que algo está hecho. Este es uno de los sentidos más clásicos de la materia en filosofía e incluso en la vida ordinaria. Pero resulta muy poco adecuado para caracterizar lo natural.
Además, lo material se diferencia de lo inmaterial. Sin embargo, lo inmaterial puede ser natural: por ejemplo, en el conocimiento sensible se da una cierta inmaterialidad que pertenece, no obstante, al nivel natural.
Lo material también se distingue de lo racional o espiritual. Pero, en este caso, deberá precisarse en qué consiste esa distinción, recurriendo a ulteriores explicaciones.
En su sentido más filosófico, lo material se distingue de lo formal. Pero lo formal se da en la naturaleza, e incluso puede considerarse como una característica de lo natural que es aún más importante que lo material, ya que se refiere a la determinación del modo de ser de las entidades naturales.
En estas condiciones, parece preferible caracterizar lo natural en función del dinamismo y la estructuración: esta caracterización permite distinguir lo natural frente a lo racional, y evita los equívocos mencionados, ya que puede incluir, sin ningún inconveniente, las dimensiones inmateriales y formales de lo natural.
d) Lo espacio-temporal
Lo natural incluye la estructuración espacio-temporal, y por consiguiente, referencias al espacio y al tiempo. Lo espacio-temporal expresa dimensiones básicas de los entes naturales.
Pero se trata sólo de dimensiones que, si bien pertenecen a las entidades naturales, no reflejan su modo de ser fundamental. En efecto, también lo artificial posee dimensiones espacio-temporales. No bastan, por tanto, para caracterizar, lo natural: se trata de condiciones necesarias, pero no suficientes, para la conceptualización de lo natural.
La estructuración espacio-temporal se encuentra interpenetrada con el dinamismo natural: es origen, resultado y condición de ese dinamismo. Por tanto, lo espacio-temporal es un aspecto fundamental de lo natural, pero no basta para caracterizarlo.
e) Lo cuantitativo
Lo cuantitativo expresa las dimensiones que se refieren a la cantidad (extensión, e divisibilidad, localización, etc.), y es una característica primaria del mundo físico.
Sin duda, cualquier definición de la naturaleza deberá incluir una referencia a lo cuantitativo. Pero, lo mismo que sucede con lo espacio-temporal (estrechamente relacionado con lo cuantitativo), sólo se trata de una condición necesaria, ya que también se da en lo artificial y no basta para expresar las características propias de lo natural: en efecto, no recoge la existencia del dinamismo propio de lo natural. .
En cambio, la estructuración espacio-temporal, que forma parte de la caracterización de lo natural que se ha propuesto, incluye la referencia a lo cuantitativo, sin reducir lo natural a ese, aspecto.
f) Lo necesario
Por fin, a veces se califica lo natural como lo necesario en contraposición a lo racional, que es el ámbito de la libertad. Así se alude al tipo de actividad propia de lo natural: se trataría de una actividad cuyo desarrollo seguiría unas pautas necesarias.
Sin embargo, aunque resulta legítimo contraponer la necesidad natural a la actividad libre propia del ser racional, esto significa poco más que la negación de la libertad. Cuando se dice que, a diferencia del ser libre, las entidades naturales actúan de modo necesario, en realidad se pretende simplemente resaltar que en ellas no se da la libertad. Además, si se desea precisar qué significa la necesidad natural, hay que abordar los problemas del determinismo, que no son nada triviales.
En cambio, ni el dinamismo ni la estructuración conducen a una idea determinista de lo natural. Dejan abierto el problema del indeterminismo. Es legítimo afirmar que lo natural se comporta de modo necesario o determinista si con ello simplemente se pretende resaltar que no se comporta de modo racional y libre, pero es preferible utilizar una terminología que no se preste a confusión. Frente a la actividad racional, la actividad natural puede ser calificada como material y necesaria, pero ambos calificativos suelen incluir connotaciones que van más allá de lo que se requiere para distinguir lo natural de lo racional.
La caracterización de lo natural mediante el dinamismo y la estructuración permite distinguir lo natural de lo racional, evitando al mismo tiempo los inconvenientes que surgen cuando se afirma que lo natural se comporta de un modo rígidamente determinista.
4. Interpretaciones filosóficas de la naturaleza
Cada perspectiva filosófica suele incluir una concepción propia de la naturaleza y lo natural. Por tanto, un análisis exhaustivo de las diferentes interpretaciones exigiría un recorrido demasiado amplio a lo largo de toda la historia de la filosofía.
En este apartado examinaremos tres caracterizaciones de lo natural que tienen una especial relevancia y que permitirán precisar mejor nuestra propuesta: la aristotélica, la mecanicista y la procesualista. El mecanicismo subraya los aspectos estructurales de la naturaleza, el procesualismo destaca los aspectos dinámicos, y el aristotelismo proporciona una síntesis de ambos aspectos que se encuentra recogida en nuestra caracterización de lo natural mediante el dinamismo y la estructuración.
4. 1.La caracterización aristotélica
Aunque la cosmovisión aristotélica haya sido superada en muchos detalles por el progreso científico posterior, la caracterización aristotélica de la naturaleza como principio interior de actividad conserva su importancia en la actualidad.
He aquí las palabras con las que Aristóteles presenta su idea de la naturaleza: "Entre las cosas que existen, algunas existen por naturaleza , algunas por otras causas. "Existen por naturaleza los animales y sus partes, y las plantas, y los cuerpos elementales (tierra, fuego, aire, agua), pues decimos que estas cosas y las semejantes a ellas existen por naturaleza ..... la naturaleza es el principio y la causa del movimiento y del reposo para la cosa en la que ella reside inmediatamente, por sí y no por accidente "[1] Con las últimas palabras, Aristóteles afirma que lo natural se distingue de lo accidental (o sea, lo casual, que resulta de la coincidencia fortuita de causas).
La naturaleza, según Aristóteles, es un principio interno de actividad que sólo se da en las entidades naturales (que suelen denominarse substancias)[2]. Las entidades naturales por excelencia son los vivientes, cuyo desarrollo y actividad responde a tendencias internas.
Lo natural, según Aristóteles se distingue de lo artificial, que en cuanto tal no posee tendencias internas (sólo las poseen sus componentes naturales); de lo casual, que se produce por la coincidencia accidental de causas naturales y, por tanto, no tiende hacia fines determinados; y de lo violento que procede de causas exteriores, impidiendo el desarrollo de las tendencias naturales y, por tanto, la realización del fin natural. Lo natural se encuentra estrechamente relacionado con las tendencias hacia fines determinados: la filosofía natural aristotélica es teleológica, porque está centrada en la finalidad de las substancias, cada una de las cuales posee unas tendencias interiores que además se encuentran organizadas cooperativamente en el sistema de la naturaleza.
Estas ideas de Aristóteles aparecen unidas a una cosmovisión que, en buena parte, ha sido superada por el progreso de las ciencias; por este motivo, a veces se afirma que han perdido su valor[3]. Sin duda, la cosmovisión aristotélica incluye teorías acerca de los cuatro elementos, los movimientos naturales y los cuerpos celestes, que no pueden sostenerse en la actualidad Sin embargo, la caracterización aristotélica de la naturaleza no depende de esa cosmovisión y conserva, en lo esencial, su valor[4]. Desde luego, su aplicación exige análisis que estén a la altura de los conocimientos actuales, pero se trata de una tarea que puede realizarse, tal como se mostrará más adelante.
¿Qué relación existe entre la caracterización aristotélica de la naturaleza y la que aquí hemos propuesto? Ante todo, ambas resaltan el dinamismo interno de lo natural frente a lo artificial. Además, al afirmar que ese dinamismo se despliega de acuerdo con pautas, hemos subrayado también su direccionalidad, concepto que se encuentra relacionado con la finalidad aristotélica. Por otra parte, aunque Aristóteles no menciona la estructuración espacio-temporal cuando define la naturaleza, el contexto da a entender que las entidades y actividades de que habla existen en condiciones espacio-temporales (en el pasaje antes citado se refiere, en efecto, a la naturaleza como principio de movimientos que se refieren "al lugar, o al crecimiento y disminución, o por alteración"). Las coincidencias son, por tanto, muy grandes, y se refieren a las ideas esenciales.
Las diferencias se refieren a la articulación de esas ideas. Nuestra caracterización es cuasi-fenomenológica: recoge los rasgos básicos de todo lo que suele considerarse como natural, sin incluir interpretaciones filosóficas que quedan reservadas para el análisis posterior. En cambio, la caracterización aristotélica se dirige directamente al núcleo filosófico de la cuestión. De ahí surgen ulteriores diferencias, en cuando a la aplicación y al desarrollo de esas ideas. Nuestro planteamiento se centra en los conocimientos científicos actuales acerca de la naturaleza, como base para la reflexión filosófica. A medida que desarrollemos esa reflexión podrá notarse como ya sucede en este capítulo, que recogemos las ideas aristotélicas y las integramos dentro de la cosmovisión actual.
Por otra parte, la caracterización aristotélica de la naturaleza no aborda el problema principal que plantea la naturaleza: el problema de su explicación radical. Aristóteles llega a la existencia de Dios como primer motor y como acto puro, afirma que la actividad de la naturaleza imita a su modo la perfección divina y que así tiende hacia el bien, y proporciona una perspectiva finalista que puede ser integrada dentro de una metafísica teísta: de hecho, Tomás de Aquino la integró dentro de una metafísica congruente con las ideas cristianas acerca de la creación. Sin embargo, la síntesis tomista incluye otros aspectos, que se encuentran poco desarrollados en Aristóteles y son, sin embargo, muy importantes: tal es el caso, por ejemplo, de la doctrina de la participación, proveniente de la tradición platónica e interpretada desde la perspectiva de la creación.
En definitiva, sólo llegaremos a formular un concepto adecuado de la naturaleza al término de nuestras reflexiones. La caracterización que se ha propuesto en este capítulo únicamente representa un primer paso, ciertamente importante: hacerse una idea completa de la naturaleza es el objetivo de la filosofía de la naturaleza, y para alcanzarlo es preciso considerar de modo más pormenorizado muchos problemas que, por el momento, sólo han quedado apuntados.
4.2. El mecanicismo cartesiano
El mecanicismo tuvo precedentes en los atomistas antiguos (Leucipo, Demócrito, Epicuro, Lucrecio Caro) y, cuando en el siglo XVII nació sistemáticamente la moderna física matemática, fue defendido por científicos y filósofos que lo consideraban como la filosofía coherente con la nueva ciencia. Tuvo gran influencia durante los siglos XVIII y XIX
Fue Descartes quien formuló del modo más explícito la doctrina mecanicista. Las afirmaciones centrales del mecanicismo cartesiano son que la substancia corpórea se reduce a extensión; que todas las propiedades de las substancias corpóreas se reducen a lo cuantitativo o sea a la magnitud, forma y movimiento; y que todo movimiento se reduce a movimiento local, o sea, al desplazamiento de las partes de materia[5].
En esta perspectiva, la naturaleza queda desprovista de dinamismo interno. Descartes atribuía el movimiento de los cuerpos a sin impulso original que Dios les había comunicado al crearlos, y añadía que, debido a la inmutabilidad divina esa cantidad de movimiento permanecería constante a lo largo del tiempo[6]. La conservación de la cantidad de movimiento fue una de las leyes básicas de la física newtoniana y continúa siendo una ley fundamental de la física actual. A pesar de que la fundamentación que Descartes propuso de esta ley era claramente inválida y suponía una ilegítima derivación de la física a partir de la metafísica, Descartes afirmó que la conservación de la cantidad de movimiento era la primera ley de la naturaleza, y de ella derivó (recurriendo también a la inmutabilidad divina) su versión del principio de inercia, según el cual los cuerpos mantienen su movimiento mientras no actúen sobre ellos causas externas[7]. El valor científico de esas leyes favoreció al mecanicismo filosófico que parecía respaldarlas.
Por otra parte, el mecanicismo cartesiano borra la distinción entre lo natural y lo artificial: todo lo corpóreo se explicaría de acuerdo con los mismos principios; por ejemplo, los vivientes serían básicamente semejantes a cualquier otro tipo de máquinas. La única distinción que Descartes admite es la que se da entre lo corpóreo-material y lo espiritual. De acuerdo con este dualismo radical, el ser humano estaría compuesto por dos substancias completas, cuerpo y alma, que se comunicarían de modo extrínseco, sin llegar a constituir una sola substancia.
Según el mecanicismo cartesiano, el dinamismo propio de los seres naturales se limita al desplazamiento y al choque, y el movimiento es un estado comunicado a la materia desde fuera, un impulso impreso por Dios en la creación que se conserva a través de los choques. Esa perspectiva era coherente con una ingenua identificación de la ciencia natural con los modelos mecánicos de la nueva física matemática[8].
Desde el nacimiento de la física moderna en el siglo XVII, el enfoque matemático se mostró extraordinariamente fecundo para conseguir nuevos conocimientos acerca de la naturaleza. A la sombra de estos éxitos, el mecanicismo conceptualizó la materia en función de unas propiedades que resultan insuficientes para comprender el dinamismo y la estructuración de lo natural. Las ideas básicas del mecanicismo han sido superadas. De hecho, en la física clásica ya existían factores, como las fuerzas y los campos de fuerzas, que difícilmente se podían compaginar con el mecanicismo. Sin embargo, el éxito de la nueva física frecuentemente se interpretó como una prueba en favor de las ideas mecanicistas. Hubo que esperar varios siglos para que en el ámbito científico se manifestasen claramente, las insuficiencias del mecanicismo. Las revoluciones científicas del siglo XX, especialmente la física cuántica y la teoría de la relatividad, mostraron que los modelos mecánicos sólo son un tipo posible de modelos: sólo representan algunos aspectos de la naturaleza, y resultan inaplicables en el estudio de muchos fenómenos.
En definitiva, el mecanicismo concibe la naturaleza como una máquina mecánica: un conjunto de piezas (trozos de materia) que se encuentran articuladas, se desplazan y chocan. Se trata de un modelo demasiado parcial, que deja de lado aspectos fundamentales de lo natural: sobre todo, la existencia de un dinamismo propio que corresponde a modos de ser y se despliega de modo direccional. Sin embargo, el mecanicismo ha dominado en el pensamiento occidental durante varios siglos, y su influencia se sigue notando incluso en la actualidad. La identificación de lo corpóreo con una materia inerte y pasiva, reducida a pura extensión y exterioridad, es un residuo del mecanicismo cartesiano, que ha ejercido un papel muy importante en el pensamiento occidental.
4.3. Procesualismo y energetismo
Desde el siglo XVII, la ciencia experimental ha destacado la importancia de conceptos tales como las fuerzas y la energía, que se refieren al dinamismo natural. En nuestra época han cobrado una importancia cada vez mayor doctrinas tales como el dinamismo, el energetismo y el procesualismo, que subrayan, respectivamente, la relevancia de las fuerzas, la energía y los procesos, o sea, de los aspectos dinámicos de la naturaleza.
Estas doctrinas representan una reacción saludable frente al mecanicismo. Sin embargo, en algunas ocasiones se llega a exageraciones, puesto que parecen substancializar el dinamismo, negando la consistencia de los aspectos estructurales de la naturaleza. Por ejemplo, de acuerdo con algunas formas de procesualismo, lo estable en la naturaleza no representaría sino momentos parciales dentro de un continuo devenir, que sería la realidad natural auténtica.
Uno de los representantes clásicos del procesualismo fue Henri Bergson. El telón de fondo de toda su obra es un dualismo que contrapone lo estático y lo dinámico, y en el que triunfa lo dinámico. Frente al mecanicismo, Bergson subrayó con acierto la importancia de los aspectos dinámicos, pero llevó su reacción hasta el extremo de afirmar, de algún modo, la sustancialización del cambio. Bergson criticó, con razón, que se atribuya a algunos aspectos de la realidad una inmovilidad absoluta. Afirmó, de nuevo con razón, que el dinamismo no es algo que se añade a una realidad inmóvil. Sin embargo, quizá debido al acento polémico de sus reflexiones, llegó a una conclusión difícilmente aceptable al afirmar que "hay cambios, pero no hay, bajo el cambio, cosas que cambian: el cambio no necesita un soporte. Hay movimientos, pero no hay objeto inerte, invariable, que se mueva: el movimiento no implica un móvil"[9] Puede advertirse al respecto que, ciertamente, no hay bajo el cambio un objeto inerte e invariable, pero que, sin embargo, esto no impide que haya un sujeto activo y variable.
El procesualismo suele enlazar con la perspectiva evolucionista, según la cual el estado actual de la naturaleza es el resultado de la evolución cósmica y biológica, o sea, de procesos que se han desarrollado durante miles de millones de años y que han provocado la aparición, mediante causas naturales, de seres dotados de una organización cada vez más compleja. A veces, el evolucionismo se interpreta abusivamente como un naturalismo que niega la existencia de Dios y afirma que la naturaleza es autosuficiente; sin embargo, esta interpretación sobrepasa los límites propios de la ciencia empírica. El evolucionismo científico, que nada tiene que ver con ese naturalismo, proporciona importantes perspectivas que deben ser tenidas en cuenta para conseguir una caracterización fidedigna de la naturaleza.
En ocasiones, se afirma que lo natural consistiría, en último término, en la energía; se trataría de un substrato último de tipo dinámico, cuya concentración produciría los cuerpos (partículas subatómicas, átomos, moléculas, cuerpos mayores). Este energetismo se encuentra en la línea del dinamismo y el procesualismo. En su favor se cita la equivalencia entre masa y energía, que es una consecuencia de la teoría de la relatividad y se manifiesta, por ejemplo, en la producción de partículas subatómicas a partir de energía y en el proceso inverso. Se propone identificar la energía con la materia prima de la tradición filosófica, como si este concepto pudiese ahora concretarse en una realización física. En ese caso, todo estaría hecho de energía, y las partículas no serían sino energía concentrada[10] . A veces se añade que, como las diferentes formas de energía se transforman unas en otras, la materia tiene la naturaleza de un proceso[11].
Estas afirmaciones se encuadran dentro de la crítica al mecanicismo atomista, y en ese contexto tienen una cierta validez. El mecanicismo atomista afirmaba que la materia está compuesta de partículas indivisibles que no estarían sujetas a ninguna transformación: sólo podrían desplazarse. En realidad, el mundo microfísico es enormemente dinámico.
Sin embargo, esto no justifica reducir la materia a energía. En efecto, la energía y las partículas de que habla la física no corresponden a conceptos intuitivos ni filosóficos: son construcciones teóricas que, si bien se refieren a la realidad, lo hacen a través de medios conceptuales y experimentales cuyo significado no puede extrapolarse directamente al ámbito filosófico[12].
El energetismo resulta sugerente, sobre todo si se le atribuye un sentido más metafórico que literal. Puede ser considerado como una representación, interesante aunque parcial, del sustrato físico de lo natural, que resulta compatible con la caracterización de lo natural en función del dinamismo y la estructuración si se reconoce la existencia de aspectos estructurales estables en la naturaleza.
El energetismo y el procesualismo subrayan, con razón, que el dinamismo se encuentra inscrito en el corazón mismo de la naturaleza, y que los aspectos individuales y estructurales de la naturaleza están englobados en el despliegue de un dinamismo natural que da lugar a un gran proceso cósmico. Sin embargo, en algunas ocasiones parecen reducir la naturaleza a sus aspectos dinámicos, negando la consistencia de los aspectos estructurales. En realidad, sólo la combinación de lo dinámico y lo estructural puede proporcionar una representación adecuada de la naturaleza.
[1] Aristóteles, Física, II, 1, 192 b 8-23
[2] Cfr. Ibid., 192 b 33-34
[3] Por ejemplo A. Mansion, uno de los principales estudiosos modernos de Aristóteles ha afirmado que la definición aristotélica es demasiado frágil porque sólo se fundamenta en un análisis muy suscinto de la experiencia diaria y del lenguaje ordinario, añadiendo que la debilidad de esa difinición repercute en la entera filosofía natural de Aristóteles: cfr. A Mansion, Introduction à la physique aristotélicienne, 2a ed.,Vrin, Paris 1945, p. 101
[4] Cfr. A. Prevosti, La Física d'Aristòtil. Una ciència filosòfica de la natura, Promocione Publicaciones Universitarias, Barcelona 1984, pp. 207-239; A. Quevedo, "Ens per accidens". Contingencia y determinación en Aristóteles, Eunsa, Pamplona 1989, pp. 219-261
[5]Cfr. R. Descartes, Los principios de la filosofía, 1a parte, n°53 (En Oeuvres, editadas por Ch. Adam y P. Tannery, Vrin, Paris 1964, tomo IX-2, p.48), y 2a parte, n° 23 (ibid.,p. 75)
[6] Cfr. Ibid., 2a parte, n° 36 (en: Oeuvres, pp. 83-84)
[7] Cfr. Ibid., 2a parte, n° 37 (en: Oeuvres, p. 84)
[8] Cfr. Ibid., 2a parte, n° 64 (en: Oeuvres, pp. 101-102)
[9] H. Bergson, El pensamiento y lo moviente, Editorial La Pleyade, Buenos Aires 1972, pp. 102-121
[10] Werner Heisenberg, uno de los físicos que formularon la mecánica cuántica en la década de 1920, sostuvo que "Todas las partículas elementales están formadas por la misma substancia, o sea, por energía. Son las formas que debe tomar la energía para convertirse en materia": W. Heisenberg, «La scoperta di Planck e i problemi filosofici della física atomica», en:W. Heisenberg - E. Schrödinger - M. Born - P. Auger, Discussione sulla fisica moderna, Einaudi, Torino 1959, p. 17.
[11] En palabras de Karl Popper, "La materia no es una substancia, ya que no se conserva: se puede destruir y crear. Incluso las partículas más estables, los nucleones, se pueden destruir por colisión con sus antipartículas, transformándose su energía en luz. La materia resulta ser energía muy comprimida, transformable en otras formas de energía y, por consiguiente, posee la naturaleza de un proceso, dado que se puede convertir en otros procesos tales como la luz y, por supuesto, movimiento y calor": K. R. Popper - J. C. Eccles, El yo y su cerebro, Labor, Barcelona 1980, p. 7.
[12] En efecto, la ecuación de Einstein es una relación matemática entre magnitudes físicas: la masa (no la materia) y la energía. Indica que los valores de esas magnitudes se relacionan mediante la fórmula E = m x c2, donde E es la energía, m la masa, y c la velocidad de la luz en el vacío. No se trata, por tanto, de una afirmación sobre los conceptos de materia y energía en un sentido filosófico, sino de magnitudes que se definen de acuerdo con los procedimientos de la física matemática.



