El modo de ser de lo natural (1°)
Indice
1. Interioridad y exterioridad
1.1 Tipos de interioridad y exterioridad
a) Los límites del conocimiento
b) El modo de ser de la naturaleza
1.2. La interioridad y la exterioridad en la naturaleza
a) La exterioridad
b) La interioridad
1.3. La proporcionalidad entre interioridad y exterioridad
2. Las condiciones materiales
2. 1. Dimensiones de tipo material
2.2. Significados del concepto de materia
a) Significado adjetivo: la materialidad
b) Significado substantivo: la materia
2.3. Materia primera y segunda
a) La materia primera
b) La materia segunda
2.4. Características de lo material
a) Materia y pasividad
b) Materia e individuación
c) Materialidad y contingencia
d) La materia y el conocimiento de la naturaleza
3. Las determinaciones formales
3. 1. Dimensiones de tipo formal
3.2. Significados del concepto de forma
a) Significado adjetivo: lo formal
c) Significado substantivo: la forma
3.3. Forma substancial y accidental
a) La forma substancial
b) La forma accidental
3.4. Características de las formas
a) Forma y ser
b) Forma y estructura
c) Formas y fines
d) La necesidad de las formas
e) Las formas y la inteligibilidad de la naturaleza
4. El hilemorfismo
4. 1. Correlación entre lo material y lo formal
4.2. Unidad de lo material y lo formal
4.3. Materia y forma como causas
4.4. Grados de inmaterialidad
4.5. El hilemorfismo ante las ciencias
4.6. Racionalidad materializada
5. Interpretaciones de la interioridad y la exterioridad
5. 1. El hilemorfismo histórico
5.2. El «exteriorismo»
5.3. El «interiorismo»
5.4. Hartmann: interioridad, formas, y sistemas unitarios
Conocemos la naturaleza a través de sus manifestaciones en el espacio y el tiempo, o sea, a través de estructuras espacio-temporales que captamos mediante nuestros sentidos. Pero la naturaleza no se reduce a esas dimensiones: posee una especie de fuerza o energía que se encuentra como almacenada en las estructuras espaciales y se despliega en el tiempo.
Estas dos facetas ya estaban presentes cuando caracterizamos lo natural en función del dinamismo y la estructuración. Advertimos entonces que se trata de dos aspectos interpenetrados o entrelazados, y que lo peculiar de la naturaleza es, precisamente, ese entrelazamiento. El dinamismo natural no existe aislado: su existencia y su despliegue se encuentran íntimamente relacionados con la estructuración espacio-temporal.
Ahora analizaremos esas dos facetas. Utilizaremos los conceptos de «interioridad» y «exterioridad» para enmarcar el análisis filosófico (apartado primero) y para valorar sus interpretaciones históricas (apartado quinto), y desarrollaremos la parte central de nuestro análisis recurriendo a los conceptos de materia y forma (apartados segundo, tercero y cuarto). El objetivo que nos proponemos es profundizar en el modo de ser propio de lo natural, cuya peculiaridad consiste en la unidad de interioridad y exterioridad; estos dos aspectos son reales y distintos, pero no existen aislados ni yuxtapuestos: están como fundidos en una sola realidad que posee ambas dimensiones.
1. Interioridad y exterioridad
Los conceptos de interioridad y exterioridad tienen, ante todo, un significado espacial: es interior lo que se encuentra dentro de unos determinados límites en el espacio, y exterior lo que se encuentra fuera de ellos. También tienen un significado semejante cuando se refieren a los límites temporales de acontecimientos o procesos. Estos son sus sentidos propios.
Pero también pueden ser utilizados en un sentido más amplio,. Hablamos, por ejemplo, de la interioridad de una persona y de sus manifestaciones exteriores.
Analizaremos ahora el significado filosófico de esos dos conceptos, y los aplicaremos al estudio filosófico de la naturaleza.
1.1 Tipos de interioridad y exterioridad
El uso filosófico de los conceptos de interioridad y exterioridad responden, en último término, a dos perspectivas: la primera se refiere a los límites de nuestro conocimiento, y la segunda al modo de ser de lo natural
a) Los límites del conocimiento
Bajo esta primera perspectiva, los conceptos de interioridad y exterioridad se refieren a los límites de nuestro conocimiento. Y esto sucede de dos maneras, según se trate de los límites de conocimientos particulares o de nuestro modo de conocer en general.
En el primer caso, hablaremos de límites provisionales, porque se refieren a una situación de hecho, que puede cambiar. En efecto, dado que nuestros conocimientos son limitados, en cada momento existirá en las cosas un «interior» que no conocemos. En este caso, la distinción de lo exterior y lo interior es provisional: lo que hoy es interior, mañana puede convertirse en exterior, si hemos conseguido conocerlo.
Supongamos, por ejemplo, que podemos observar una casa y los movimientos de sus habitantes sólo desde fuera, sin que podamos penetrar dentro de ella; podremos conocer algunos aspectos de lo que en aquella casa sucede, pero otros muchos resultarán inaccesibles. Esta situación es algo habitual en nuestro conocimiento, pero no refleja una imposibilidad de principio, sino meramente fáctica. También es habitual en las ciencias, donde suelen distinguirse las teorías «fenomenológicas», que se atienen a las propiedades que se pueden relacionar directamente con la observación, y las «representacionales», que postulan la existencia de entidades o propiedades inobservables para explicar los fenómenos con mayor profundidad; lo que hoy es representacional, mañana puede llegar al, ser fenomenológico.
En el segundo caso, hablaremos de límites constitutivos, porque se refieren a nuestro modo de conocer en general y están siempre presentes. En concreto, conocemos los seres naturales a través de nuestra sensibilidad: no tenemos un acceso intelectual directo a ellas. Sin embargo, la naturaleza no se agota en esas dimensiones externas y posee, en ese sentido, una interioridad.
Por mucho que avance nuestro conocimiento, siempre encontrará estos límites, que se deben a las características básicas de nuestro modo de conocer. No conocemos las cosas en sí mismas, de modo exhaustivo, como si fuésemos capaces de crearlas, ni poseemos __mpoco una penetración intelectual inmediata que pueda prescindir por completo del conocimiento sensible. Podemos conocer muchos aspectos de la naturaleza que se encuentran muy alejados de la experiencia; pero se tratará, en cualquier caso, de un conocimiento parcial, que debe apoyarse de algún modo en el conocimiento sensible. Siempre existirá, por consiguiente, un «interior» que no podremos conocer directamente y en sí mismo.
b) El modo de ser de la naturaleza
Bajo otra perspectiva, los conceptos de interioridad exterioridad se aplican al modo de ser de todos los entes naturales. En efecto, la estructuración espacio-temporal puede ser contemplada como la «exterioridad» en la cual y a través de la cual existen los entes naturales y despliegan su dinamismo propio; en este caso, la «interioridad» corresponde a los modos de ser y de obrar.
Los vivientes, debido a su organización, a su individualidad y a su autonomía frente al medio externo, poseen una interioridad mucho más fuerte que los no vivientes; a esto se añade, en los vivientes superiores, la capacidad de conocer, que implica una interiorización de lo conocido. Pero también los no vivientes poseen modos de ser y de actuar que no se reducen a una simple estructuración espacio-temporal.
Este es el sentido de la exterioridad y la interioridad que estudiaremos aquí. No nos referiremos, por tanto, a los límites de nuestro conocimiento: daremos por supuesto, como es lógico, que esos límites existen, pero lo que nos interesa es estudiar el modo de ser de lo natural.
Por consiguiente, existe un riesgo que deberemos evitar: considerar como «interioridad» lo que sólo es, en realidad, algo que no conocemos debido a los límites de nuestro conocimiento, sean provisionales o constitutivos. Intentamos determinar la interioridad y la exterioridad como modos de ser de lo natural que, siendo realmente diferentes constituyen una realidad unitaria.
1.2 La interioridad y la exterioridad en la naturaleza
Como ya hemos advertido, nuestra caracterización de lo natural en función del entrelazamiento del dinamismo y la estructuración se relaciona con la distinción entre interioridad y exterioridad. Analizaremos ahora con mayor detalle el significado de estos conceptos.
a) La exterioridad
Lo natural existe y actúa en condiciones espacio-temporales. Esas condiciones se encuentran estrechamente relacionadas con el conocimiento sensible, ya que nuestros sentidos captan datos que se refieren a las configuraciones y al movimiento: por tanto, a las condiciones espaciales y temporales. Por este motivo, podemos afirmar que las condiciones espacio-temporales se refieren á la- «exterioridad» de las entidades y procesos naturales, o sea, a los aspectos que son percibidos por un sujeto exterior mediante su experiencia inmediata.
Podría objetarse que esta noción de exterioridad se refiere a nuestro modo de modo de conocer y que, por tanto, nada nos dice acerca del modo de ser de lo natural. Pero esto no es cierto. Las condiciones espacio-temporales corresponden a modos reales de ser. Una configuración espacial es algo real, independientemente de que sea conocida o de cómo lo sea, y lo mismo puede decirse de la duración temporal. Algunos aspectos de nuestra conceptualización de lo espacio-temporal responden, como es obvio, a las peculiaridades de nuestro conocimiento; pero las estructuras espaciales y temporales son reales con independencia de cómo las conozcamos.
Pertenecen al ámbito de la exterioridad los aspectos estructurales de lo natural: por
ejemplo. las dimensiones espaciales y temporales, tales como la extensión, la ubicación, la duración, y la organización espacial de los componentes de los sistemas. En realidad,
todas las dimensiones de lo natural se relacionan con la exterioridad y, como veremos a continuación, ningún aspecto de lo natural se reduce a pura exterioridad.
b) La interioridad
Aunque las condiciones espacio-temporales constituyen un aspecto básico de lo natural, no bastan para dar cuenta de su ser y de su obrar. Lo natural posee un dinamismo propio que responde a modos específicos de ser.
Es en este ámbito donde suelen plantearse las mayores dificultades. En principio, se admite fácilmente la existencia de las dimensiones relacionadas con la exterioridad; pero no sucede lo mismo con la interioridad. Parecería que, en último término, la interioridad se podría explicar mediante la estructuración espacio-temporal: ¿por qué añadir algo más?, ¿no bastan, para explicar los modos de ser de lo natural, los componentes y su estructuración?, ¿qué se gana o se añade al afirmar la existencia de la interioridad?
Si estas objeciones estuvieran en lo cierto, desaparecería la distinción entre exterioridad e interioridad, e incluso esa terminología sería una fuente de confusiones porque respondería a problemas inexistentes. Indicaremos ahora tres razones que apoyan la existencia de una auténtica interioridad en la naturaleza, y que se refieren al modo de ser de lo natural, a su dinamismo propio, y a sus dimensiones holísticas y direccionales. Comenzaremos por el modo de ser de lo natural. El dinamismo natural significa que existen virtualidades que se actualizan en función de los factores o condiciones presentes en cada caso. Las entidades naturales nunca son puramente pasivas o inertes, pero tampoco actualizan siempre todas sus virtualidades: si así lo hicieran, siempre se comprtarían de la misma manera, independientemente de las circunstancias; por tanto, poseen modos de ser que no se agotan en unas manifestaciones particulares. Por ejemplo, aunque se pueden indicar los modos de obrar típicos de un electrón, de un átomo de hierro o de una proteína, esos comportamientos se referirán a unas condiciones particulares, pero no agotarán todos los comportamientos posibles en cualquier circunstancia.
Por consiguiente, el modo de ser de lo natural no se reduce a su comportamiento concreto en un momento dado, y ni siquiera a una colección de comportamientos posibles. En cambio, las condiciones estructurales están completamente «dadas» en cada momento. Debemos concluir que el modo de ser no se identifica con las condiciones estructurales. Sin duda, se relaciona estrechamente con ellas: pero no son realidades idénticas.
Con respecto al dinamismo, debe afirmarse que no se identifica con la estructuración. En efecto, podemos preguntarnos por las causas de la estructuración de las entidades naturales. Si se responde (como es lógico) que esas causas son las interacciones entre los componentes, se reconoce que existen factores dinámicos (las interacciones) que no se reducen a los aspectos estructurales. El mecanicismo redujo el dinamismo (interno) a la estructuración (externa); pero esa reducción equivale a negar la realidad del dinamismo natural, y conduce a una ciencia errónea (la física cartesiana, que no incluye conceptos fundamentales como los de fuerza y energía, relacionados con el dinamismo).
El holismo y la direccionalidad también son mnifestaciones de la interioridad. En la naturaleza no sólo existe estructuración, sino organización (y, además, muy sofisticada), lo cual resulta incomprensible si no se admiten tendencias cooperativas y dimensiones holistas: se trata de auténticos factores «internos» que no se reducen a las condiciones espacio-temporales.
Evidentemente, la interioridad remite a dimensiones cuyo estudio temático compete propiamente a la filosofía. Quien sólo desee considerar las dimensiones accesibles a las ciencias, se sentirá inclinado a prescindir de la interioridad de lo natural, y puede hacerlo mientras se limite a trabajar en el nivel científico. Pero eso no significa que no exista ninguna relación entre la interioridad de lo natural y las ciencias. Por el contrario, las dimensiones relacionadas con la interioridad forman parte de los supuestos filosóficos de las ciencias: las ciencias suponen que lo natural posee una consistencia propia, un modo de ser, un dinamismo que se despliega, unas dimensiones holistas y direccionales; y el progreso científico proporciona muchos conocimientos particulares acerca de esas dimensiones.
1.3. La proporcionalidad entre interioridad y exterioridad
Hemos subrayado la existencia de la interioridad frente a los intentos de reducirla a las condiciones espacio-temporales. Si esos intentos parecen tener alguna base, ello se debe a la estrecha relación que existe entre interioridad y exterioridad: la interioridad de lo natural siempre existe y aparece entrelazada con la exterioridad. Podemos dar un paso más y afirmar que entre la exterioridad y la interioridad no sólo existe entrelazamiento, sino una auténtica proporcionalidad.
La proporcionalidad entre la exterioridad y la interioridad significa, ante todo, que el tipo de interioridad de un ser natural corresponde a su organización espacio-temporal. Esta correspondencia es patente: el modo de ser, el dinamismo, la actividad, se encuentran como canalizados por la estructuración. Es imposible que vea, oiga o se reproduzca un ser que no posea los órganos que permiten la realización de esas funciones.
Además, esa proporcionalidad expresa una correspondencia entre los grados de organización (exterioridad) y los grados de interioridad: a un mayor grado de organización le corresponde un mayor grado de interioridad, y viceversa. Para aclarar qué significa esta correspondencia es necesario explicar qué se entiende por grados de organización y de interioridad.
La explicación no es difícil por lo que se refiere a los grados de organización, sobre todo si se tienen en cuenta los conocimientos que en la actualidad aportan las ciencias; una parte importante del progreso científico en nuestra época se centra, precisamente, en tomo a la organización y la complejidad. El factor principal no es el tamaño (en ese caso, la organización máxima sería la de las estrellas), sino la riqueza de relaciones dentro de un sistema unitario que posee propiedades holísticas. Sin duda, los vivientes son los sistemas naturales más organizados; entre ellos existe, además, una escala de organización que culmina en los animales dotados de sistema nervioso y cerebro: y en la cumbre de esa escala se encuentra el organismo humano.
Los grados de interioridad se refieren a la perfección del modo de ser y de obrar. También en este caso los vivientes ocupan el grado superior, en función de su individualidad, su unidad, su capacidad de reproducirse y su actividad; de nuevo, en la parte superior de esa escala se encuentran los vivientes capaces de conocer, cuya interioridad alcanza el grado del psiquismo: y la escala culmina también con el hombre. Quizá podría objetarse que esta perspectiva es antropocéntrica; sin duda, lo es: pero se trata de un antropocentrismo legítimo, porque se limita a reconocer la superioridad evidente de las capacidades humanas. Obviamente, muchos otros seres superan al hombre en numerosos aspectos, pero nosotros poseemos un modo de ser que nos sitúa objetivamente por encima del resto de la naturaleza.
Los grados de organización y de interioridad alcanzan un nivel superior en los vivientes, y un nivel máximo en los seres humanos. No sería fácil establecer una clasificación completa de esos grados, que incluyera todos los seres naturales; pero tampoco necesitamos esa clasificación: para nuestros propósitos, basta reconocer que los tipos de interioridad corresponden a los tipos de organización, y que existe una gradación que culmina en los vivientes y en el hombre.
La correspondencia entre la interioridad y la exterioridad resulta lógica si se tiene en cuenta que se trata de dimensiones o aspectos de una misma realidad; y es, a la vez, un recordatorio de esa unidad. Ni la interioridad ni la exterioridad poseen una existencia independiente; por tanto, cuando nos referimos a ellas por separado (como lo haremos a continuación), deberemos recordar que la una siempre se relaciona con la otra y, de algún modo, la incluye.



