La finalidad natural II
3. La finalidad natural ante las ciencias
Ya hemos advertido que cualquier progreso científico significa un mejor conocimiento de las dimensiones finalistas de la naturaleza. Por este motivo, renunciamos a exponer, ni siquiera de modo sintético, una colección de ejemplos científicos favorables a la finalidad: sería preciso realizar una síntesis de todas las ciencias.
En cambio, parece interesante analizar la finalidad a la luz de las ciencias bajo otra perspectiva. Concretamente, una gran parte de las objeciones que se han planteado en la época moderna contra la finalidad natural, pretenden apoyarse en las ciencias; parece oportuno, por tanto, considerar las implicaciones del progreso científico con respecto a la finalidad.
Expondremos nuestras reflexiones en tres pasos, que corresponden a tres grandes revoluciones científicas: el nacimiento de la física moderna, la formulación de las teorías evolucionistas, y el paradigma de la auto-organización. Seguiremos el orden histórico de estas revoluciones. La revolución de la física se remonta al siglo XVII, el evolucionismo al siglo XIX, y la auto-organizacíón corresponde a la actualidad. Pero el interés de las dos primeras revoluciones no es puramente histórico, ya que los problemas que plantearon condicionan en gran parte las discusiones actuales. Podría decirse que se trata de un drama en tres actos, cuyos efectos son acumulativos: los problemas que se plantean en el primero son recogidos y ampliados en el segundo, y lo mismo sucede en el tercero con respecto a los dos primeros
3.1 La finalidad en el nivel físico
La física matemática nació sistemáticamente en el siglo XVII en polémica con la física filosófica antigua. La nueva ciencia adoptaba un enfoque cuantitativo, matemático Y experimental que pretendía sustituir a la antigua física, construida sobre una perspectiva
cualitativa, filosófica y metafísica.
El primer sistema teórico que se formuló rigurosamente fue la mecánica de Newton (su gran obra «Principios matemáticos de la filosofía natural» fue publicada en 1687). A la mecánica siguieron otras ramas de la física (óptica, electricidad y magnetismo, termodinámica), la química, etc.
Las características que vamos a subrayar en la nueva ciencia se dieron por vez primera en la física, pero siguen siendo facetas básicas de toda la ciencia experimental hasta la actualidad. Por tanto, aunque esta primera revolución se refiera en primer lugar a la física, los problemas que plantea con relación a la finalidad se refieren a cualquier rama de la ciencia experimental y siguen siendo actuales (aunque se les hayan añadido más tarde los aspectos que consideraremos en las dos revoluciones siguientes).
La ciencia experimental posee dos características En primer lugar, la exigencia de control experimental: para que puedan ser admitidas, las hipótesis deben ser sometidas a control experimental de modo que se puedan medir efectos observables. En segundo lugar, la renuncia al conocimiento de las esencias y los fines y, en general, al planteamiento filosófico clásico: la ciencia experimental se centra en la formulación de
relaciones funcionales entre magnitudes.
En este contexto, la finalidad era vista, con razón, como una parte importante del planteamiento antiguo, centrado en las esencias y cualidades. La nueva ciencia venía a sustituir a la antigua, y eso implicaba abandonar las explicaciones basadas en causas finales: se trataría de pseudo-explicaciones estériles e inalcanzables, que no podían formularse ni resolverse dentro del nuevo paradigma.
El enorme progreso de la nueva ciencia en la época posterior agudizó más aún esas críticas. ¿Cuál es su valor?
Debe advertirse, ante todo, que la ciencia experimental no estudia temáticamente la finalidad. Adopta una perspectiva analítica y funcional, no metafísica, en la cual se exige además que las hipótesis puedan ser sometidas a control experimental. Se trata de una perspectiva muy eficaz para conseguir conocimientos particulares. En ella, efectivamente, no hay lugar para la idea filosófica de finalidad natural (ni para ninguna otra de tipo ontológico o metafísico).
Sin embargo, esto no autoriza a negar la finalidad natural. La negación de la finalidad en nombre de la ciencia equivale a un cientificismo que niega el valor de todo lo que no sea científico. Pero ese cientificismo es ilegítimo y contradictorio, porque se trata de una tesis que no es científica y, al mismo tiempo, niega el valor de cualquier conocimiento que no sea científico.
Por otra parte, aunque no intervenga de modo explícito en las formulaciones científicas, la finalidad natural es uno de los supuestos filosóficos de la ciencia, que son justificados y ampliados por el progreso científico. En efecto, la actividad científica supone que en la naturaleza existe un orden, ya que busca formular leyes; supone, por tanto, que existen regularidades y direccionalidad, y de tal manera que, sin estos supuestos, no tendría sentido la ciencia ni sería posible: se trata de auténticas condiciones necesarias o condiciones de posibilidad de la ciencia. Y el progreso científico implica que, de hecho, se consigue un conocimiento cada vez mayor del orden natural y de la direccionalidad. Por tanto el progreso científico retro-justifica y amplía los supuestos filosóficos que le sirven de base, entre los cuales ocupa un lugar destacado la direccionalidad.
El problema del plan superior (argumento teleológico) es inaccesible para las, ciencias. En efecto, la perspectiva científica no permite abordar temáticamente los problemas ontológicos, y mucho menos los propiamente metafísicos, como es la existencia de Dios Pero el progreso científico, al proporcionar un conocimiento cada vez más preciso del orden y la direccionalidad de la naturaleza, amplía la base que lleva a preguntarse por el fundamento radical de ese orden y proporciona elementos para desarrollar el argumento teleológico.
3.2. La finalidad en el nivel biológico
Todavía parecía haber lugar para la finalidad en el ámbito de la biología, puesto que los vivientes son el reducto privilegiado, de la actividad finalista. Pero el evolucionismo del siglo XIX pareció extender la negación de la finalidad también a ese ámbito.
El problema planteado por el evolucionismo consiste en que los organismos vivientes podrían explicarse a partir de su origen, por evolución desde formas menos organizadas, mediante causas eficientes naturales. El esquema básico sería variaciones aleatorias-selección: las novedades se producirían por azar, y la competencia adaptativa motivaría que sólo sobrevieran los organismos más adaptados , dando la impresión de un progreso lineal programado.
Según una interpretación ampliamente difundida, el evolucionismo desalojaría a la finalidad también del mundo biológico, que venía a ser su reducto. Por una parte, la evolución haría inútil cualquier explicación finalista, porque la aparente finalidad de los vivientes vendría explicada mediante su origen evolutivo. Además, no podría afirmarse que el hombre sea el fin de la evolución, ya que ésta depende de factores aleatorios e imprevisibles. Por fin, la evolución también invalidaría el argumento teleológico (plan divino), que vendría sustituido por las explicaciones naturalistas (la combinación del azar y la necesidad)[1].
Puede mostrarse, sin embargo, que la evolución no elimina la finalidad. Mostraremos ahora que, aunque se admita la validez de las teorías evolucionistas esas teorías sólo proporcionan una explicación parcial de la finalidad natural, son compatibles con el antropocentrismo, y no invalidan el argumento teleológico.
En primer lugar, la evolución no proporciona una explicación completa de la finalidad natural. En efecto, la evolución ha de tomar como base estados anteriores que,
además, han de ser muy específicos tanto en sus componentes como en sus leyes, y ha de contar con un dinamismo capaz de generar nuevas formas: la evolución no explica en qué consiste y de dónde proviene el dinamismo natural que está en su base. La explicación de los orígenes es sólo una parte de la explicación de la finalidad. Por otra parte, sea cual sea su origen, en los organismos existe un alto grado de finalidad, y el recurso al binomio azar-selección no basta para explicar completamente la producción de una organización tan sofisticada, coordinada y funcional.
En segundo lugar, la evolución es compatible con el antropocentrismo. Sin duda, el hombre como meta de la evolución es un resultado contingentes: si consideramos las condiciones naturales que hacen posible la existencia humana, hubo un tiempo en que no existieron, habrá un tiempo en que no existirán, y podían no haberse dado. Pero el hombre está en la cumbre del proceso evolutivo: no bajo cualquier aspecto, pero sí en cuanto a la sutileza de la organización material y, sin duda, en cuanto a las dimensiones espirituales que trascienden el ámbito de lo natural. Y nada impide que el hombre sea el fin previsto por un plan superior que, si bien actúa utilizando las posibilidades naturales, está por encima de ellas.
En tercer lugar, la evolución es compatible con la existencia de un Dios creador y con el consiguiente plan divino acerca de la creación, porque el evolucionismo se sitúa en otro nivel. Así lo reconocen casi todos los evolucionistas, aunque sean agnósticos. La evolución sólo sería incompatible con una «creación estática» (la naturaleza habría sido creada en su estado actual) o con un «plan lineal» (la evolución sería siempre lineal,progresiva y perfecta bajo cualquier aspecto); se comprende que sólo nieguen la compatibilidad entre la evolución y el plan divino algunos fundamentalistas norteamericanos que sostienen una interpretación demasiado literal del relato bíblico y algunos científicos que sostienen posiciones cientificistas. Puede decirse, incluso, que el proceso evolutivo resulta difícilmente comprensible si no existe algún tipo de dirección o plan: ese proceso supone la existencia de unas potencialidades iniciales muy específicas, cuyas sucesivas actualizaciones a lo largo de un lapso enorme de tiempo conducen a nuevas potencialidades que de nuevo son muy específicas, y esto sucede muchas veces; además, ha sido necesaria la coincidencia de muchos factores que han hecho posible esa enorme cadena de actualización de potencialidades.
3.3. Finalidad y auto-organización
El nuevo paradigma de la auto-organización, que se ha difundido ampliamente en la actualidad, abarca un conjunto de teorías diferentes relativas a los diferentes niveles de la naturaleza. La idea básica es la formación espontánea del orden a partir de estados de menor orden, de donde se toma el nombre de auto-organización.
Ese paradigma puede sintetizarse en pocas palabras del modo siguiente: la materia posee un dinamismo propio que, en las condiciones adecuadas, da lugar a fenómenos sinergéticos o cooperativos, mediante los cuales se forma espontáneamente un orden de tipo superior (más complejo o más organizado). Así se habría formado el universo con todas sus partes.
Se subraya, por tanto, que en la naturaleza existe un dinamismo propio que se despliega de modo direccional. En efecto, la auto-organización se basa en la existencia de tendencias y de cooperatividad.
Pero también subraya la contingencia. La actualización de las tendencias depende de circunstancias aleatorias. Los resultados no son necesarios, podrían darse otros diferentes si las circunstancias fuesen otras. La complejidad de los procesos reales pone de manifiesto la contingencia de las sucesivas etapas del proceso evolutivo.
Un elemento clave en el nuevo paradigma es la función central que desempeña la información: el dinamismo natural se despliega estructuralmente de acuerdo con pautas; ese despliegue produce nuevas estructuras espaciales que, a su vez, son fuente de nuevos dinamismos; y todo ello funciona mediante una información que es almacenada estructuralmente y se despliega mediante procesos en los que la información se codifica y descodifica, se transcribe, se traduce y se integra.
La información viene a ser racionalidad materializada, porque contiene y transmite instrucciones, dirige y controla, y todo ello a través de estructuras espacio-temporales.
Todo ello abre nuevas perspectivas a la filosofía de la naturaleza: no sólo permite conservar los problemas y resultados antiguos, sino reformularlos y ampliarlos en un nuevo contexto mucho más rico. En esta perspectiva ocupa un lugar central la finalidad. En efecto, se subraya la importancia de los factores dinámicos, holísticos y direccionales, así como el papel que desempeña la información.
La auto-organización es entendida a veces como un «pan-darwinismo naturalista» que eliminaría definitivamente el problema del fundamento radical de la naturaleza: la naturaleza sería autosuficiente. Sin embargo, la reflexión rigurosa sobre la cosmovisión actual nada tiene que ver con ese naturalismo. La ciencia experimental debe su gran progreso a la adopción de un método que, a la vez, tiene unos límites precisos: no estudia temáticamente las dimensiones filosóficas de la naturaleza, pero las supone y proporciona elementos para profundizar en ellas. Y la explicación de las dimensiones filosóficas remite, a los interrogantes acerca del fundamento radical de la naturaleza.
4. Las objeciones anti-finalistas
Son numerosas las objeciones que a lo largo de la historia y en la actualidad, se han formulado contra la finalidad natural. Pero pueden reducirse a cuatro que consideraremos a continuación: en concreto, se dice que la finalidad natural es incognoscible, que responde a un concepto inútil, que su existencia es imposible, y que se trata de una categoría ilegítima.
Mostraremos que cada una de estas objeciones se basa en una parte de verdad que, sin embargo, no impide afirmar la finalidad natural en el sentido que aquí se ha determinado.
4. 1. Incognoscibilidad
Se objeta que no podemos conocer la existencia de la finalidad natural, incluso en el caso de que realmente existiese.
Esta objeción se dirige a veces contra la finalidad natural considerada en sí misma, y en otras ocasiones contra la existencia de un plan superior que gobierna la natuiraleza.
a) Con respecto a la finalidad natural en sí misma se dice que no podemos afirmar su existencia porque sólo conocemos la yuxtaposición de acciones, resultados y utilidades, pero no podemos determinar que se encuentren conectadas de modo que el fin sea una verdadera causa. En otras palabras: nunca podríamos determinar que existan auténticas relaciones de medios hacia fines, porque sólo podemos conocer relaciones de conveniencia o utilidad, lo cual no hasta para afirmar que existe finalidad.
Sin embargo, podemos afirmar la finalidad natural porque conocemos muchas manifestaciones de dimensiones finalistas: de direccionalidad, de cooperatividad y de
funcionalidad. Además, siempre que existan sistemas unitarios estables, existen tendencias hacia metas concretas y podemos conocerlas.
Sin duda, los resultados de la actividad natural son contingentes. En este sentido, no puede decirse que necesariamente se deban producir unos efectos determinados. Pero esto sólo significa que la finalidad natural no equivale a una necesidad absoluta, lo cual no impide que exista realmente. Existen potencialidades, capacidades y tendencias; pero su realización depende de condiciones que no siempre se cumplen.
b) Con respecto al plan superior divino se dice que, aun suponiendo que exista, no podemos conocerlo: sería presuntuoso pretender conocer los planes de Dios, teniendo en cuenta la limitación de nuestros conocimientos.
En efecto, no disponemos de medios para conocer el plan divino en todos sus detalles. Sin embargo, podemos afirmar su existencia. La finalidad natural sólo puede explicarse adecuadamente admitiendo que exista ese plan; por tanto, deberá afirmarse que existe, aunque debamos contentamos con un conocimiento limitado de su naturaleza y de sus manifestaciones concretas, que, con frecuencia, sólo podemos conjeturar.
4.2. lnutilidad
Se objeta que la finalidad natural sería un concepto estéril, porque no proporciona conocimientos realmente informativos, como lo hacen las ciencias. Sólo tendría un sentido metafórico o poético, para expresar admiración: pero la admiración debería llevar a investigar las causas reales (que son las causas eficientes), no a postular causas ficticias.
Una variante de esta crítica consiste en afirmar que la finalidad natural implica una falsificación de los problemas reales, ya que se sustituye la búsqueda de las causas reales (los «mecanismos» causales) por causas ficticias. En la misma línea, se dice que las explicaciones finalistas son una manifestación de pereza intelectual.
Puede responderse que la finalidad no es un concepto operativo como los empleados en las ciencias (aunque, a veces, parece posible formular explicaciones científicas teleológicas: se trata de un problema debatido). La finalidad es una dimensión ontológica de la naturaleza, supuesta por las ciencias y retrojustificada por su progreso, cuya fundamentación remite a dimensiones metafísicas. Se refiere, por tanto, a los fundamentos de las ciencias: es posible trabajar científicamente sin pensar en la finalidad, pero siempre se está suponiendo su existencia, aunque no se piense en ella.
Es importante añadir, a este respecto, que la finalidad y la eficiencia son como dos caras de la misma moneda. No se oponen: se suponen mutuamente. Las causas eficientes actúan de modo direccional, y la finalidad se realiza a través de las causas eficientes.
Por otra parte, parece indiscutible que la finalidad y los conceptos relacionados con ella pueden tener un valor heurístico en las ciencias, especialmente cuando se estudian sistemas como los biológicos, que poseen un alto grado de organización y funcionalidad. De hecho, no son pocos los casos de científicos que han declarado la importancia que los razonamientos teleológicos han tenido en algunos descubrimientos.
4.3. Imposibilidad
De acuerdo con esta objeción, la finalidad natural no corresponde a la realidad. Son dos los motivos aducidos. Por una parte, la existencia del desorden, y por otra, la presunta incompatibilidad entre la finalidad natural y las explicaciones científicas.
a) En el primer caso, se dice que la finalidad natural no correspondería a la realidad porque en la naturaleza el orden coexiste con el desorden: hay falos, «bricolage» más que plan, adaptaciones oportunistas, retrocesos. A la «eutelia» (buen fin) se oponen la existencia de «atelia» (carencia de fin), la «distelia» (apartamiento del fin) y la «hipertelia» (tendencias exageradas que conducen a malos resultados).
Debe advertirse que, cuando se afirmamos la existencia del orden, no pretendemos afirmar que todo es orden bajo cualquier punto de vista. Esto resulta lógico: el despliegue del dinamismo natural, entrelazado con condiciones materiales, no puede conducir a un orden perfecto: hay conflictos de tendencias, y no siempre se dan las condiciones que se requieren para su actualización. Sin embargo, existe un elevado grado de orden, y esto es lo que se debe explicar. La, afirmación de la finalidad natural y de su fundamentación metafísica en ningún momento supone que el orden natural sea absoluto bajo cualquier punto de vista.
b) En el segundo caso, se dice que la finalidad natural se opondría a las explicaciones científicas, porque equivaldría a una perspectiva anti-naturalista: en efecto, remite a un plan superior, y en realidad no habría motivo para recurrir a explicaciones sobrenaturales.
Esta crítica admite diversas variantes. Se dice, por ejemplo, que el progreso científico muestra que se alcanzan cada vez más explicaciones naturalistas acerca de problemas que antes parecían remitir a la finalidad, y se añade que esta situación es progresiva e irreversible. O se dice que las explicaciones naturalistas del orden hacen innecesario recurrir a explicaciones finalistas, porque el orden natural podría explicarse mediante la combinación del azar, la necesidad y la selección natural. En otros casos se dice que existe contradicción entre un posible plan superior y lo que podemos conocer racionalmente,: el plan superior sería incompatible con la creatividad de, la naturaleza e impondría un determinismo inadmisible que chocaría con la contingencia de la naturaleza.
Pero estas objeciones se basan en varios equívocos: suponen, sin razón, que existe oposición entre la actividad natural y el plan divino, o entre las explicaciones científicas y las filosóficas, o entre la eficiencia y la finalidad. Sin embargo, ninguna de estas oposiciones es real. La acción divina proporciona el fundamento de la actividad natural: no la sustituye ni la priva de ninguna de sus características; por ejemplo, la providencia es compatible con la contingencia[2]. Las explicaciones científicas se basan en unos supuestos filosóficos sin las cuales ni siquiera tendrían sentido; la existencia del orden y de la finalidad es uno de ellos. Y, como se acaba de recordar, eficiencia y finalidad no se excluyen, sino que se complementan mutuamente.
4.4. Ilegitimidad
En este caso, se afirma que la finalidad natural sería una categoría ilegítima, porque no se pueden asignar fines a agentes no racionales.
Una variante de la misma crítica es la acusación de antropomorfismo: sólo se podría hablar de finalidad en el ámbito de las acciones libres de los agentes racionales, ya que la finalidad supone la existencia de una meta que sólo existe como proyecto e influye en el curso de la acción, y su atribución a agentes irracionales sería completamente ilegítima. Otra variante critica la oscuridad del concepto: ¿cómo puede actuar algo futuro cuando no existe un proyecto de un agente inteligente? La finalidad no podría ser una «causa» (la «causa final») que influye realmente en los efectos.
A esta crítica respondemos que, en efecto, sería imposible una finalidad sin ningún plan. Por eso, si se constata que existe finalidad en la naturaleza, es necesario fundamentarla en un plan superior. El problema real consiste en saber si en la naturaleza existe finalidad: si existe, exigirá una explicación adecuada, y que esta explicación remita a un plan superior no autoriza a negar la finalidad, haciendo violencia a los hechos.
[1] No nos detenemos en más detalles de las teorías evolucionistas, porque ya las hemos analizado en el capítulo sobre los orígenes. Nos hemos referido también, en ese lugar, a las posiciones cientificistas de Jacques Monod (en su obra El azar y la necesidad) y de Richard Dawkins (en su obra El relojero ciego), dos representantes del anti-finalismo que se presenta como si estuviese apoyado por la biología. Según el anti-finalismo radical defendido por Monod, la ciencia se basa en el postulado de la objetividad, que excluye cualquier «proyecto» o plan superior; si a esto se añade el cientificismo, se concluye (como lo hace Monod) que no existe ningún plan. Dawkins llega a la misma conclusión, subrayando el papel directivo que desempeña la selección natural en el proceso evolutivo y sosteniendo que este factor basta para explicar la organización actual de los vivientes.
[2] Más adelante, señalaremos que Tomás de Aquino lo afirmó expresamente, y dedicó una atención especial a esta cuestión en varios pasajes de su obra.



